La orden

El cielo comenzó a mecerse como un mar embravecido.
Llegó la hora.
Omar salió precipitadamente hacia la cueva. Las nubes
espumosas eran la señal anhelada. En la carrera, entre manotazos y
sudor, Omar necesitaba poner en orden los hechos que anticiparon
este cataclismo. Cerrando puños y escupiendo bocanadas de saliva
logró jalar el primer filamento de la memoria; el nacimiento de Perla.
Sí, se dijo. Con ella comienza el desorden en Vísperas.
Al llegar a la cueva, se detuvo unos segundos para recuperar un
poco de aliento. Sabía que una vez adentro, necesitaría de todo lo
ancho de sus pulmones para combatir la humedad y el hedor de los
recuerdos esparcidos entre la bruma y la soledad.
Los sonidos titilantes que se movían entre los ductos, serían su
guía para alcanzar el siguiente peldaño hacia explanada amarilla, en
donde, recuerda aún, su madre prometió esperarlo.
─No regreses sin la señal.
─Madre, di algo más.
─Vete. Atento siempre.
Desde aquel lejano tiempo de enrarecida orden, él escudriñó sin
tregua todo el acontecer de los días y sus noches. Sus ojos fueron
capaces de capturar hasta el aliento de las gotas y la sinrazón del
polvo yéndose siempre. Sólo de vez en cuando, tiraba para el río a
recoger los murmullos de Perla. Alto. Esto no lo quiere aquí. Esto es
inaceptable. Perla no.
─Madre, ¿Estás aquí? ─ Madre, he traído la señal. Por favor,
contéstame.
Un crepitar de rocas sacudió el aturdimiento.
El cielo, Madre, el cielo ruge como mar en tormenta.

─¿Qué hora es hijo?
La pregunta lo dejó en pausa muerta. Cerró los ojos e hizo el
itinerario hasta el momento.
─Son las cinco de la tarde, Madre.
Las rocas se arremolinaron en torno a un haz de luz y ahí surgió la
sombra de su madre. Enaltecida, grande, esplendorosa.
─Omar has de regresar por la vereda sagrada y gritar al viento que
detenga al sol. Necesito que la noche espere un poco más.
Con el cuerpo empapado en angustia y sin juicio, salió arrastrando
la orden. Pocos minutos le quedaban para llegar a la vereda. Una vez
ahí, se hincó, alzó los brazos al cielo y gritó – Alto. Alto, que no llegue
la noche, hasta que mi madre disuelva la quimera.
El cielo arremetió con olas crispadas.
Al otro lado del llano, Perla interceptó también la señal. Pero, contra
todo designio, se quedó pasmada, sin prevenir a los suyos para el
combate. Una ígnea esperanza se cristalizó en su corazón.
La eterna estupidez se desvaneció ante su mirada.
Supo entonces que el cielo manda. Y que la cacería llegó a su fin.
Que ella y los suyos habrán de mudar de equipaje y de utopía.