EL DOMINGO TERCERO
Lo que comenzó como un simple encargo, se tornó con los años en una deliciosa rutina
semanal. La señora Reyes, apellido de casada, acicalaba a sus niños por las tardes de cada
tercer domingo del mes, y salían por las calles del centro de la ciudad hasta la casa del ebanista,
porque así le halagaba los oídos la Señora Reyes, “usted no es un simple carpintero, sino un
artista de las maderas nobles.”
Las razones de dichas visitas eran por un armario que hacía ya algunos años le había
encargado para que le compusiera algo que a ambos se les había perdido entre los humos del
tiempo, se les había también extraviado entre tantos muebles en espera de arreglos, pero en
realidad la razón original pasó a ser algo de importancia nimia.
Dicho armario, de un valor incalculable para la familia, pues venía heredado de generaciones y
además expelía un olor a roble con cítricos amargos, por las cáscaras de naranjo que Doña
Eulalia le colocaba siempre en los incontables escondrijos del vasto mueble; siempre le habían
mareado las bolitas de naftalina, por eso se las ingeniaba con distintos menjurjes, como aceite
de romero, pero después la ropa apestaba demasiado a encierro de brujos y la alta sociedad
reconocía dichas pestilencias, eran católicos y las murmuraciones salían de las ventanas más
rápido que la ropa de los armarios. Después de muchos experimentos, dio con la clave; la
cascara de algún cítrico. Un día, por probar, le puso pequeñas tiritas de limón, naranja,
mandarina, y se olvidó por un tiempo. Cuando lo volvió a abrir para comprobar que el olor a
romero se había esfumado, la envolvió una cristalina y lánguida miríada de aromas lejanos,
como si hubiese abierto algún arcón de las mil y una noches; le dio entonces por abrir y cerrar el
armario constantemente, para que aquel vaho le embargara de una tibia melancolía que la hacía
olvidar algo que ella no reconocía como hastió, pero que se le había encaramado como una
sombra necia y pegajosa, desde que su luna de miel se derritió en tediosos momentos que
avasallaron su ilusión y la pasión con la que había llegado al altar.
Al principio, lo del armario era real, Eulalia salía con sus dos hijos, niños entonces, a checar lo
del ropero al taller de don Evaristo, cada tercer domingo, porque le urgía componer el mueble
pues había sido ella quien lo había averiado con tanto vicio de aspirar aquel aroma cítrico y
boscoso, que le hacía olvidar su vida sosa y además, no deseaba que su marido se percatara
del percance del armario, el cual, a Don Lauro solamente le era útil para presumir a sus amigos
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políticos que se ufanaban de descender de españoles directos y con títulos nobiliarios; cuando
llegaban a visitarlo las familias de abolengo de por ahí, él lo presumía como suyo, de su linaje, y
doña Eulalia nunca lo delató, al principio le hacía gracia, luego con los años terminó padeciendo
una lástima enojosa por él y sus pretensiones. Era difícil, sin embargo, que don Lauro se
percatara de que el mueble no estaba en la casa, ¡tan ausentes se vuelven a veces los hombres
dentro de sus propios hogares!, pues el armario normalmente vivía en una estancia suntuosa de
la mansión a la que don Lauro Reyes nunca entraba o casi nunca, pues dichas reuniones en las
que lo presumía eran pocas, mal que le pesara pertenecía a los nuevos ricos y no a los nobles
arruinados.
Doña Eulalia lo había recibido en herencia de su abuela, venía el dichoso mueble de cinco
generaciones de ancestros de los Contreras, que era su apellido de soltera, el cual a veces
utilizaba, pues había algo muy dentro de ella que el matrimonio no le pudo arrebatar. El marido,
dominante, pero ajeno, como tantos esposos de matrimonios no necesariamente concertados
por conveniencia, pero sí por costumbre o por ansias de alcoba, que se apagan a los tres días.
Sin embargo durante el noviazgo, Eulalia lo había idolatrado con delirio, y él, ansiando poseerla
y sabiendo que jamás ella se lo permitiría antes de pasar por la vicaría, se las arregló para
acelerar la boda, y ella estuvo conforme, porque en realidad ella también deseaba ya casarse,
aunque su recato le impedía exhibir sus anhelos, no de la intimidad del hombre sino de un
hogar.
Como sucede tantas veces, en la luna de miel todo se derritió, y Eulalia se sorprendió porque
algo no le checaba con lo que se suponía que debía de sentir, por el rechazo inmediato del
marido al regresar del viaje de bodas y las noches de sexo rápido que le siguieron hasta
conseguir preñarla. Mas aún antes de los embarazos, ella sintió una rabia intermitente, incluso,
desde antes que terminara el viaje de bodas, y se dio cuenta de que la rabia no era por el
desencanto sino por la facilidad con la que se conformó y no sólo eso, sino que la cólera la
remolcó hasta anclarla a un remanso de liberación, y por días y semanas la acogió un miedo
tremendo de saber que aquella desilusión que le cayó de cuajo en la alcoba nupcial le causaba
un delirio de libertad, no de libertinaje, no, jamás pasó por su mente el no respetar al marido, le
guardo obediencia, le dio hijos, fue modelo de señora, se unió a la iglesia y a las beneficencias
pías y participo intensamente en las procesiones y en la organización del Santo Entierro, y
además, en un sitio privilegiado porque su marido aportaba grandes donativos para que su mujer
saliese de Manola en primera fila; a él, perteneciente a la clase política, que medró corrupto en
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ésta, le daba aquello un estatus muy clásico de los pueblos extremadamente contritos. Ese era
don Lauro, un hombre sin escrúpulos, que sin embargo nunca la maltrató, y era lo normal, los
políticos robaban y las esposas hacían de la vista gorda. Pero Eulalia era diferente, ella tomó de
su decepción lo más sagrado que podía tener alguien y se dio cuenta de ello cuando en tardes
sosegadas, sentada en algún café, esperando a que la modista le tuviese listo algún arreglo o en
alguna banca de la plaza del Jardín aguardando a Silvita o Jaimito que salieran del dentista,
vagaba su mirada, por las cúpulas y escuchaba a los tordos ensordecedores, que de tanto ruido
le silenciaban los pensamientos, su mente era suya, su fracaso matrimonial le otorgó algo
enorme, el derecho a la posesión de su espíritu, a su dialogo interno, en fin, le otorgó una vida
interior profunda a la cual el marido jamás tuvo acceso. Ese divagar del pensamiento que sin la
conmoción de su luna derretida no hubiese conocido jamás…. Y jalando y empujando, jalando y
empujando la puerta del armario, aspirando la fragancia a cítricos y mirándose en el espejo se
diluía su recuerdo, pero un día la saco de su persistencia autística el estrepito de la puerta de la
cómoda que casi se le vino encima, pues una bisagra explotó de pronto como había detonado su
vida a los tres días de casada, y fue entonces cuando llevó el ropero a don Evaristo. Aunque,
días antes el buen hombre se había tomado la molestia de llegar hasta su casa y revisar el
mueble, le dijo entonces que era mejor que se lo llevara a su taller, pues le faltaba también una
perilla de un cajón interno y le hacía falta barniz y un mantenimiento en general, y una lista
enorme de detalles que sólo un artista puede notar.
Don Evaristo se fue de ahí con la sensación tenue de aroma a tiempos pálidos, etéreos y
lánguidos, como las tardes de domingo, inconfundibles, al igual que doña Eulalia, quien se
preguntaba siempre en su camino hacia el taller del ebanista, qué había en el aire de las tardes
de domingo que los hacían únicos y soberbios; aspirar el firmamento y sentir el domingo;
delicado instante que palpa una como pereza deliciosa en el aire; y ese era por ejemplo, uno de
los pensamientos o sensaciones que trajo consigo la libertad interior, consecuencia feliz del
entonces trágico, insípido y anticlimático viaje de bodas.
El ropero, dicho sea de paso, no era propiamente eso, sino un esquinero, que servía para
guardar copas o figuras de porcelana, pero se le había quedado el término de ropero porque
cuando doña Eulalia lo heredo, era apenas una niña y le gustó tanto que lo usó para esconderse
y para jugar a la casita, pues creció sola, sin hermanos, y al hacerse mayor se negó a separarse
de él transformándolo en un ropero y nadie se opuso pues eran muy ricos y podían dejarle ese
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capricho, además de que siempre había sido una chiquilla dócil y muy querida. Fue ella quien
pidió que le pusiesen espejos a las puertas, en vez de los cristales biselados aptos para vitrinas.
Estilo jacobino, con ornamentos barrocos en todas las terminaciones de las puertas y el copete,
un poco tupido pero sin llegar a empalagar, de roble obscuro pero con algunas estrías algo
rojizas. Emanó siempre, donde fuese que lo colocaran un hálito de algo muy vivo pero ausente,
lejano, testigo de épocas muy remotas.
Se le había también perdido en los humos del tiempo, el porqué de la visita dominical, pero fue
que al principio don Evaristo le dijo que se pasara por su taller la semana entrante, que ya
estaría listo, y ella le dijo que no podía esa semana porque le tocaban los rosarios de la novena
de algún fallecido o algo así, en la iglesia de San Francisco de donde era participe activa, y don
Evaristo simplemente le respondió, alzándose de hombros que no importaba, que se pasara el
domingo por la tarde, pues en las mañanas voy a misa con mi madre y luego a comer con sus
hermanas, ella se queda ahí hasta la hora de la gardenia cuando se van al Jardín, pero yo
regreso a mi taller, así que puede pasar, le ofreceré un café muy bueno que nos traen de
Colombia… Nunca doña Eulalia sintió que lo dijera con segundas intenciones, ni él lo pensó así
tampoco. Así que ese domingo acicaló a sus dos niños y se fue al taller y casa de Don Evaristo.
Era el tercer domingo de un octubre caluroso.
Paso el tiempo con los acontecimientos propios de los pueblos, pero un domingo enojado, ella
deseó más que nunca y de una manera que no alcanzó a comprender, que fuese ese el tercer
domingo del mes porque sintió un terrible deseo de ver a su amigo el ebanista; algo terrible le
había acontecido. Sollozó toda la noche anterior pero a la alborada siguiente, como toda dama
que se enorgullece de ser eso, se levantó con la procesión por dentro, digna y altiva.
Ni por asomo se le pasó por la mente ir a desahogarse con él, eso estaba fuera de toda
posibilidad, inconcebible, habían, con los años llegado a un acuerdo mudo, jamás tuvieron que
ponerle términos o reglas a su amistad, porque pertenecía a los usos y costumbres de los
pueblos.
Usaban las “formas” acostumbradas, “¿cómo va mi armario? ¿Le ha llegado la pieza que
esperamos?”; Sí, llegó una pero no me satisface porque no le embona bien y es muy brillante,
etc. O, “aún no encuentro el finísimo barniz que su ropero merece, pero si gusta llevárselo, yo le
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avisaré cuando lo traiga de nuevo, o yo mismo iré por él, sabiendo lo que el otro contestaría, que
no, que estaba bien que no había prisa, que ya pasaría la semana que viene o que le avisara por
teléfono, siempre terminaban con esa frase, usted me avisa por teléfono, pero la llamada nunca
llegaba y Eulalia, radiante en su interior, su felicidad crecía al aproximarse el tercer domingo del
mes sin que el teléfono sonara con la voz del ebanista.
Eulalia y Evaristo respetaron la rutina de una amistad que jamás traspasó límites visibles, ni
siquiera en sus pensamientos más íntimos se permitieron llegar a algo más allá de cliente y
ebanista.
Pero aquel día, aquel enojado domingo, el cual era tan solo el segundo del mes, Eulalia se dio
cuenta con alarma de cuánto necesitaba que fuera tercer domingo, y no porque fuese a revelarle
nada o a desahogarse con él y soltar una que otra lágrima con pañuelo en mano, sino porque
necesitaba la suavidad de la porcelana en la que le servía, ansiaba el vapor que emanaba del
chorro del café vertido cuyo vaho la arropaba de fragancias solitarias que provenían del jardín,
por la brisa que se escurría a través por los portones abiertos de par en par, ansiaba el canto de
las hojas de aquel durazno en flor, que habían brotado recién entrado el verano, y el intenso
bálsamo de tantas y tantas maderas acumulado ahí, en cada rincón, bajo la capa de aserrín que
había formado sedimentos ancestrales desde que su padre, abuelo y bisabuelo trabajaban el
mimo oficio, y muchas cosas más, las rosas, las gardenias, los geranios de los balcones…le
incomodaba siquiera pensar en romper el pacto callado del tercer domingo y se preguntó con
horror si no seria que deseaba verlo a él y no simplemente al disfrute de todo lo que rodeaba
dichas tardes. Idea que por supuesto expulsó de sus pensamientos tristes de inmediato.
Sin embargo se arriesgó, se convenció a ella misma de que era el tercer domingo y hacia las
cinco de la tarde, Eulalia, elegante y señora, con su vestido de días festivos, azul profundo, y
una flor color durazno en la solapa que le daba un contraste alegre al conjunto, estaba ya
convencida de que era el tercer domingo. Se había levantado con la conversación de la noche
anterior gritándole en los oídos, de su hija Silvia y su marido, en el despacho de éste, habían
dejado la puerta abierta, eran las fiestas patronales y Silvia y Jaimito habían estado en la feria
anual. Silvia le pedía dinero a don Lauro para ir otra vez, “con mi novio” -lo desafiaba con una
seguridad tremenda-, ¡la mocosa de 11 años!,- pensó Eulalia encogida de asco tras los vidrios
glaseados elegantemente. A Eulalia le sobrecogió aquello, pues los hijos, a pesar de haber
crecido malcriados y consentidos por el padre, le temían, como se temía antes a los padres. Y
ahí había una rebeldía ya imparable.
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Eulalia estuvo a punto de aparecer en el despacho e intervenir en la riña, pero un soplo rojo de
cólera la envolvió cuando se percató de lo que realmente estaba sucediendo.
Don lauro era cándido dando dinero a sus hijos pero al parecer Silvia le pedía una cantidad
enorme, y Jaime asentía con la cabeza, -“y a mí también, porque yo también te vi”- repetía
apoyando a su hermana, entonces doña Eulalia se frenó y se quedó escuchando, ¿en qué
momento sus hijos se habían convertido en aquello? Chantajistas y perversos. Dos lágrimas de
indignación, no de tristeza, de humillación le brotaron, únicas y prolongadas, acompañadas de
un temblor en el cuerpo…y otra vez, como aquella primera, el miedo que sintió era de no sentir,
no le dolió ni la infidelidad del marido ni la avaricia y perversidad de los hijos, se dio cuenta de
hasta donde los había descuidado, ignorando todo el daño que les había hecho Don Lauro
concediéndoles todo por quitárselos de encima, les había además, inyectado siempre una
elevada autoestima, desproporcionada sobremanera a la inteligencia de los niños, porque les
compraba las calificaciones y crecieron sintiéndose genios, eran astutos, no inteligentes, se dio
cuenta Eulalia, ahí con sus dos lágrimas exaltadas que seguían escurriéndole por las mejillas,
sin sollozos, escuchando tras la puerta.
Recordó como los adoraba y los vestía los domingos que tocaba ir con don Evaristo, con aquella
felicidad de tener dos muñequitos, tarareando siempre alguna melodía pegadiza, los domingos
terceros de cada mes, con esa felicidad anticipada que da lo cotidiano, y eran inocentes y
dulces, les encantaba ir a al taller de don Evaristo y éste les regalaba caramelos en forma de
pera, de los que le regalaban siempre en las tlapalerías cuando iba por algún repuesto para
cualquier mueble, o por papel lija, o barniz o tinturas, hoja de oro, etc. Se los guardaba a Silvita y
a Jaimito aun en el cucurucho de papel estraza o recorte de periódico viejo cuando se los daban
de pilón en El Volcán. ¿En qué momento se convirtieron en eso que ella oía tras la puerta del
despacho?
Años después, cuando llego la crisis en el país, y todos los políticos que habían medrado se
vinieron a menos, quedaron desnudos los hijos y el padre, ¡cómo se le hizo entonces evidente a
Eulalia la pequeñez del marido y la estupidez de los hijos!, Vio a Silvia despojada de los atributos
que el dinero le disfrazaba, y la descubrió, cruel y despiadada y a Jaime, simplemente bobo y
fanfarrón. En ese momento en que el país estaba en pánico Eulalia se miró en el espejo de su
ropero, un tercer domingo que fue a ver a al ebanista, deseaba aspirar el aroma de cítricos y
nogal y los espejos ya medio azogados le devolvieron a ella su verdadera apariencia, pensó en
los hijos desnudos y el marido sin dinero y se preguntó cómo se vería ella, confirmo con alivio
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que era la misma, se sentía la misma, hacía mucho que se había puesto a salvo de cualquier
vaivén del exterior, era clásica y atemporal y todo aquello ni siquiera la rozó. Nada cambió y
nada cambiaría mientras existieran los domingos terceros del mes. Y mientras don Evaristo la
despidiera diciéndole “para la siguiente semana estará listo de seguro”, y ella contestara: “no se
apure no hay prisa”, así la felicidad de saber que su armario jamás estaría listo le colmó los días
de placidez y le alivio cualquier resquicio de posible pena por el desaliento que le causo
enterarse de que don Lauro tenía otra familia y de que sus hijos lo chantajeaban por eso. Se
sintió mucho más allá de toda la banalidad de la existencia, tenía una vida interior que
alimentaba cada noche a solas en su cuarto, pues desde entonces, con cualquier excusa le dijo
a don Lauro que necesitaba su propia alcoba; jamás le reveló que sabía lo de su otra familia. Y
así también de nuevo, se puso a salvo de pequeñeces.
En cuanto a sus visitas al taller de don Evaristo, algo se rompió aquel domingo segundo cuando,
por su congoja, se atrevió ella a romper el pacto tácito del tercer domingo.
Cuando ella arribó y golpeó la aldaba, un eco distante revolvió las entrañas del ebanista y una
opresión le apachurró la digestión. Evaristo tardó más de lo acostumbrado en contestar pero
finalmente preguntó quién era, “soy yo la señora Contreras”, no dijo Reyes, y en seguida ambos
reconocieron algo distinto en la rutina, luego los ojos húmedos de ella en los que sin embargo el
solamente se miró como en dos pequeños espejitos, ella se excusó diciendo que en los días de
fiestas patronales, el tiempo se le cuatropeaba, pero la humedad de sus ojos la delataron, sin
embargo todo siguió igual, las mismas formulas, los mismos comentarios, el tiempo, los hijos,
que hermosos están sus rosales, y los geranios, venga a verlos, desea una horchata o café,
hace calor, quizás desee algo fresco, ya terminé la novela de Flaubert, esa de madame Bovary,
a pues le recomiendo entonces tal o cual…cómo iba con el duelo de su madre, porque doña
Catalina había muerto y los novenarios habían apenas pasado hacia un mes, todo fue igual, no
se preocupe cualquiera se equivoca, usted siempre es bienvenida, quiere te o café. El aire con
aroma de flor de granada, y azahares que venia del patio como siempre languideció las voces de
ambos coloreándolas de felicidad efímera,
¿Por qué entonces se había roto algo? Eulalia regresó a su casa sintiendo que había cometido
una temeridad, había roto un acuerdo, un equilibrio mudo que habían forjado por años, se
reprochó tanto dejarse afectar por lo que había oído la noche anterior, ni siquiera le importaba
que los hijos hubieran visto al marido con la otra, o si serían sus hijos o no los chamacos que
iban con él lamiendo helados o comiendo churritos en la feria.
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¿O sería que apareció sin los niños lo que conmocionó la rutina?, recordó que Evaristo le había
preguntado y eso aunado a su ojos húmedos, pero sobre todo permanecía como una señal en el
cielo la razón principal, que era el segundo y no el tercero domingo. Y al final por un impulso
incomprendido para el mismo, don Evaristo le dijo que ese año iría con los sanjuaneros a la
peregrinación, que su madre le había pedido perdón en el lecho de muerte y le dijo que cuando
ella se fuera, no dudara en cumplir su sueño, que su padre siempre lo había hecho y que ella
necia y dominante le trunco su devoción.
Don Evaristo se fue en enero a San Juan de los Lagos, y en el diario caminar sólo pensaba que
se había decidido por fin, no porque su madre se lo hubiese permitido en el lecho de muerte,
sino porque de alguna forma eso volvería a establecer una especia de equilibrio del tercer
domingo con Eulalia.
En toda la región del Bajío el gremio de los carpinteros eran especialmente asiduos a la anual
peregrinación hasta san Juan de los Lagos y Don Evaristo se había hecho “sanjuanero” en los
últimos años, pues su madre, doña Catalina Astiazarán, como repetía ella con la boca llena de
orgullo por su apellido, no lo dejaba ir porque lo consideraba cosa de gente vulgar, que
manchaba la pulcritud y decretos de la santa madre iglesia católica apostólica y romana,
considerándolo además fanatismo excesivo, era doña Catalina bastante ortodoxa en su vida,
excepto los domingos por la tarde cuando se reunía con sus dos hermanas solteras; pecaba a
sus anchas de soberbia en esas tardes, pues ella, aunque “hacia abajo”, se había casado. En
lo que concernía a su fervor, ella no profesaba más devoción que a la virgen de Loreto, que era
la de la gente de bien, de abolengo, la de los títulos nobiliarios, traída hacia varios siglos por el
primer Conde de la Canal; una réplica exacta de la original en Ancona Italia, por un milagro que
le había concedido, y doña Catalina se ufanaba de ser lauretana rancia.
Mas cuando su madre murió Evaristo se fue un día en un impulso guardado por años a seguir
aquella horda de posesos, pues desde niño los miraba de lejos, ausente, caminando hacia el sol
y preguntaba a su padre, un hombre apagado y seco, que siempre le dio escuetos consejos
sabios, pero sin fuerza; el hombre murió con muchos adentro y Evaristo lo lloró principalmente
por eso, por lo que le faltó darle en vida y por su tristeza prolongada, que contrajo una vez que
su mujer tomó las riendas de su vida y de sus deseos. Sí, doña Catalina dominaba el hogar, y lo
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hizo siempre sentir tan insignificante como el polvillo evocador de lejanas forestas que
trastornaba el espacio de su taller.
Evaristo fue el hijo único de un matrimonio ya entrado en años, pues doña Catalina, por su
pretenciosa rancia alcurnia, rechazó todos los pretendientes, aunque tampoco fueron tantos,
realmente no era muy agraciada y sí agria y de sangre pesada, parca en el sentido del humor y
eso suele ser primordial en todo. Así que casó con don Evaristo Mercadillo, de familias
antiguas, pero no de alcurnia, pensaba ella, mas era preferible a quedar soltera como ya se
habían quedado las hermanas, por lo mismo, y como quien dice, Evaristo Mercadillo fue su
último tren.
Evaristo padre heredo a su hijo el oficio de la carpintería. Desde pequeño pululaba por el taller
oliendo a maderas y a aserrín, y empezó ayudándole a lijar cosas menores, con las sobras de
los tablones esculpía virgencitas de San Juan, porque su padre le había inculcado secretamente
la devoción a dicha imagen, ya que desde que doña Catalina impuso las reglas devocionales del
hogar, expulsando para siempre de sus dominios a la vulgar San Juanera para dedicarle todo un
aposento de adoración a la virgen de Loreto y don Evaristo, que había nacido con un tedio
ancestral, simplemente encubrió su ídolo y lo siguió adorando en secreto.
Arrodillados los dos padre e hijo ante el altar hogareño que doña Catalina le irguió a la lauretana,
don Evaristo llevaba bajo su mandil de humilde carpintero a su pequeña virgencita de los lagos,
así como los pobladores originales escondían a Tláloc cuando se les ordenaba adorar a San
isidro Labrador, o algo parecido.
Cuando el padre murió, don Evaristo hijo, de quien doña catalina se encargó que recibiera
educación y cultura, lo habría destinado a ser abogado o ingeniero, pero era ya demasiado
tarde, porque el hijo traía en la sangre la fragancia de los bosques y su madre no pudo luchar
con él, así que por lo menos le dijo que trabajara con maderas más nobles, para que su clientela
fuese fina y no corriente y vulgar como la de tu padre, que en paz descanse, y se santiguaba
para lavar su conciencia.
Por todo aquello, cuando don Evaristo se hizo adulto, tomó ese estilo de señor antiguo, se
acicalaba los domingos con elegancia y gardenia en el ojal para ir al Oratorio, como siempre
había hecho porque ahí estaba la virgen de Loreto, a veces sin embargo en ocasiones
especiales de festividades, acudían por supuesto a la parroquia de San Miguel. También su vida
la hizo como las costumbres de antaño, ponía el cartel de cerrado de dos a cinco para comer y
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dormir la imperdonable siesta, y cerraba los jueves por las tardes para ir a la misa de
Renovación de la Hostia, como acostumbraban todos los negocios locales, extraña costumbre,
que también se empezaba a perder en los humos del tiempo.
Evaristo se fue un día en un impulso guardado por años a seguir aquella horda de posesos,
pues recordaba como su padre le contaba de las largas caminatas cuando joven hacía ya tanto
tiempo, pero Evaristo hijo se daba cuenta de que su nostalgia no tenía nada que ver con la
virgen ni con mandas ni milagros sino con un extrañamiento profundo de la libertad.
Cuando Eulalia entro en su vida de esa manera tan vaga, su madre hizo caso omiso, mas
cuando se fijó e hizo cuentas y notó la inquebrantable costumbre que habían pactado ambos del
tercer domingo del mes, intentó interferir, pero luego, fijándose en que Eulalia era elegante y
discreta, lo dejó pasar, además le daba estatus que una mujer así frecuentara la casa y como los
vecinos la tenían al tanto de esas visitas, cuando ella se quedaba con sus hermanas; siempre
era de puertas abiertas y con los niños. Así que los dejo hacer. Pensó para sus adentros que
mataba dos pájaros de un tiro, le daba a su hijo la opción del romance platónico, el cual nunca
existió más que en la imaginación calenturienta y mocha de doña Catalina, porque ésta nunca
supo, que tan sólo era una deliciosa costumbre, sí, su hijo y Eulalia se habían embelesado con
aquella felicidad que les duraría de por vida, la tarde del tercer domingo del mes, para ver si el
ebanista había terminado un mueble que ambos sabían que jamás ocurriría y que tampoco lo
deseaban, pero eso nunca se mencionaba, ni siquiera ellos se lo permitieron en la soledad de
sus pensamientos; cuando osaba aparecer algún resquicio de aquello, lo espantaban
rápidamente con cualquier otro pendiente de la vida diaria.
Y el otro pájaro que mato la señora al permitir aquella rutina fue que Eulalia era casada y que no
podría nunca consumar eso, y mientras tanto no se fijaría su hijo en nadie más, ni se casaría con
alguien vulgar, ya estaba entrado en años y no había nunca tenido un relación profunda con
nadie, así que se quedaría soltero su hijo Evaristo, y el pueblo entero sabía que ella era casada
porque todos se conocían aunque fuese de lejos, o en chismes de confesionario, ¡cuán poco
conocía a su hijo!, que distancia tan grande provocan las apariencias y la religión y las cosas
preconcebidas en las relaciones familiares, aislados, jamás llegan a conocerse porque las
prácticas sociales lo impiden, las formas, los usos y costumbres, y sin embargo Evaristo y
Eulalia habían utilizado dichos estatutos de la profundidad de los pueblos para crear algo
maravilloso.
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Al regresar Evaristo de San Juan de los Lagos ella le notó cambiado, tenía un aire de más
confianza en sí mismo y un ligero temblor la estremeció mirando hacia las cúpulas aturdida por
las campanadas, tuvo un ligero impulso de indagar a qué se debía ese ligero aire de autonomía,
que en seguida refrenó; había aprendido la lección aquella vez que se aventuró a quebrantar los
estatutos de su costumbre, y violó el tercer domingo, pero sonrió para sus adentros recordando,
dejándose invadir por una alegría pasajera que aterrizó como siempre, en la luminosidad del
aroma a café.
Un día mientras Evaristo se hallaba romereando por los caminos de Cristo Rey, en su recorrido
a San Juan, Silvia y Jaime, quienes eran ya unos incipientes púberes le preguntaron si no irían
a ver al carpintero, Eulalia sintió una punzada de veneno en el tono de la pregunta y el aguijón
del chantaje, recordó aquella noche de sus dos ríos bajando por su almohada, la amenaza al
padre, la otra familia, la infidelidad, la maldad de los hija y la estupidez del hijo y contesto con
fuerza “ebanista” con un énfasis que resonó en los oídos de los dos precoces corruptos y en
seguida con una determinación inquebrantable, como si votara una ley en el congreso dijo:
-sé que chantajean a su padre porque tiene mujer e hijos allá por san Felipe, que lo vieron en la
feria hace unos años y desde entonces le sacan dinero amenazándolo con contarme todo si no
se los da. Los dos palidecieron pero como ya eran expertos en el arte del disimulo, callaron,
inmutables los rostros, pero ella les dijo que ni se esforzarán en negarlo, y les propuso el pacto.
Ella no diría nada, para que pudiesen seguir haciéndolo, el chantaje, y pensó con satisfacción
malévola como si le diera el tiro mortal a una presa largamente molesta, pero a cambio, óiganlo
bien, jamás volverán a pisar el taller de don Evaristo. Lo cual les suponía un problema porque
estaban punto de chantajear también al carpintero, habían incluso urdido un plan, cuando el
inocente de Evaristo aún les compraba caramelos en las tlapalerías.
Y por inercia salió por las calles de su pueblo sintiendo en la piel el viento turquesa de sus
ocasos, aspiró el estruendo delirante de los pájaros en los laureles del Jardín que a las siete
levantaban el vuelo porque de nuevo las campanas les habían ganado la partida y molestos pero
bellamente alborotados y chismosos emprendieron más temprano su diario éxodo hacia el
poniente, Eulalia sintió entonces el silencio del bronce que llamaba al rezo y sus pasos se
dirigieron al taller de Evaristo y supo entonces con absoluta certeza que su vida estaba segura y
protegida mientras hubiesen domingos terceros y pláticas insustanciales tras una vajilla suave
de porcelana o un jarro burdo de atole, entre olor a café jugueteando con el aire de las
gardenias. Se dio cuenta de que llevaba años coleccionando el mismo recuerdo en la piel y en
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los oídos porque siempre eran el mismo domingo, seguro y grávido, inmutable, y supo que la
vida realmente consistía de eso, que mientras tuviera la lucidez de que la vida se amalgamaba
con eso, con pequeñas rutinas, nadie jamás podría arrebatarle su libertad, nada más necesitaba
en el mundo, nadie podría quitarle eso, ni la crisis nacional, ni la caída de la bolsa, ni la
malcriadez de sus hijos, ni la infidelidad del marido. Nimiedades pensó, fruslerías…y respiró
hondo los últimos estertores de los tordos lejanos.
El armario, esquinero o lo que fuese, nunca salió de la casa del ebanista.
Don Evaristo siguió yendo a las peregrinaciones cada enero y le traía tierrita blanca, que Eulalia
por supuesto no se comía, sino que la guardaba religiosamente en el esquinero cuyo sitio
parecía haber sido elegido por el mismo mueble, cuando lo fueron moviendo y bamboleando de
aquí para allá para hacer sitio a mesas o sillas o marcos y aparadores que llegaban a ser
reparados, el de doña Eulalia fue recorriéndose por sí mismo hasta encontrar su sitio definitivo y
además como lo que era: un esquinero, en un rincón obscuro del taller, el más alejado, pero que
junto a un ventanal oxidado, recibía los rayos de los ocasos cegadores. Acomodaba ahí también
rosarios, escapularios, alguna taza recuerdo de San Juan con la virgen impresa, etc., Souvenires
y toda la gran parafernalia sanjuanera que le traía cada año.
El equilibrio cósmico del tercer domingo del mes quedo restituido, pues aun cuando él se iba a
San Juan cada enero, arreglaba su salida con su grupo para alcanzarlos en caso de que el inicio
del éxodo cayera en domingo, allá los alcanzo mañana les decía, debo terminar de arreglar un
armario muy valioso, la virgen lo entenderá, así que cuando dicho equilibrio quedo asentado de
una vez y para siempre, ambos, por separado, respiraron tranquilos, nunca hubo, no obstante
mención alguna de nada, de hecho, nunca hubo más alusión entre ellos, o más dialogo que las
formulas establecidas de cortesía, esa vana superficialidad que sin embargo puede llegar a
contener todo el sentido de la existencia.
Y permanecieron ahí, en su eterno tercer domingo aspirando los polvos amarillos del aserrín
pulverizado, ¿quiere café?, ¿ha visto los rosales? Por cierto llévese limones, el árbol está a
reventar, ah sí, es la época…
13
Hasta que un año, Evaristo regreso dentro de una caja de allá de San Juan, se enteró Eulalia
por terceros que los carpinteros sufrían mucho de los pulmones, y el frio y el caminar y la altura
de San Juan y además que ya tenía una edad, le fulminaron y murió en el acto, nunca dijo nada,
pero seguramente su ultimo pensamiento, no fue para Eulalia, sino para el tercer domingo del
mes, Eulalia había ya enviudado y sus hijos andaban por el mundo engañando gente.
Eulalia dejo pasar el tiempo y un día, con toda la vida a cuestas pero libre y erguido el caminar,
sus pasos vespertinos la guiaron hacia la casa del ebanista, noto en su andar que los tordos
volvían a cantar en sus oídos y que el oro del viento retornaba a destellar aromas de un sol rojo
suave y melancólico. El cordón estaba puesto, lo miró con desazón, acarició el listón marchito
con pesadumbre, la mugre que se le había ido pegando, la grasa del tiempo, el nudito al final le
produjo una especie de aflicción, cuantas veces la voz de él le había gritado desde dentro “pase
doña Eulalia el cordón eta puesto”.
El piso se le tambaleó pero en seguida se irguió jalando la cuerda con arrojo. El suelo se movía,
no encontraba su camino entre tanto armatoste, pero noto que no había polvo, llego hasta el
arco del jardín y aspiro las gardenias, el olor a limón le devolvió el aire amarillo de siempre, y
recordó el aserrín con congoja, no sabía porque se le revolvían todas las emociones y
sensaciones en el estómago, sintió nausea pero respiro, las rosas le devolvieron a su sitio, el
níspero, el jazmín, los rosales y todos los árboles que conocían sus pensamientos, que se
habían emparejado con su alma poco a poco en todos aquellos domingos, le susurraron al oído
la certeza de que nada había cambiado, pero algo seguía inquietante en la brisa, su rostro se
contrajo en una mueca burlona pero involuntaria; era como estar muerta también, como irrumpir
en un estancamiento del tiempo, finalmente encontró que aquel caminito serpentino que siempre
había tenido que rodear, escurriéndose hacia su esquinero, estaba recto y despejado. Antes de
llegar a él, preparó todo el ritual que por años había vivido ahí el tercer domingo del mes, tomó
café sola pero con él, acarició la porcelana tibia, aspiró el aroma de las conchas de la panadería
de enfrente y después de un tiempo considerable, pues el crepúsculo se aproximaba, se dirigió
al armario y lo abrió, le golpeó el fragancia de cítricos pues alguien había seguido poniendo
cascaras de limón amarillo en los rincones del mueble, hasta vio la fruta pelada bajo la sombra,
al pie de los limoneros, había además pétalos de gardenia y rosa. Aspiró la tarde profundamente
y la normalidad volvió a su alma. No sentía ni nostalgia ni melancolía, solamente la suave
felicidad de una rutina que continuaba más allá de todo.
14
Y de pronto en un cajón oculto del cual ella se había olvidado, y al que Evaristo le había
repuesto la perilla, encontró en la penumbra un viejo recibo de la ferretería Don Pedro que
envolvía una bisagra patinada de antiguo, idéntica a la que aún le faltaba a la puerta averiada.
Había permanecido ahí durante todos aquellos años. Eulalia la apretó en su mano y juro que la
bisagra se sonrojaba por ser cómplice del tercer domingo del mes, la regresó a su sitio y empujó
el cajoncito y la puerta destartalada, y al cerrar ésta última, se encontró con su rostro en el
espejo ya borrado casi por completo mas alcanzó a mirar el semblante frágil del cristal
mercurizado que le devolvía una leve sonrisa.