Intramuros


Nadie se ha percatado que la ventana está abierta. Cecilia aun sueña y Carlos está en su estudio haciendo recortes de periódicos. La casa está en penumbra, el sol se esconde tras gruesas nubes de un amanecer lluvioso.
Hace días que Cecilia vive ausente. Pasa sin mirar nada, sin tocar nada. Recorre la
casa como si fuera un espacio de tinieblas y vuelve a su cuarto a dormir. Carlos, en
cambio, ha vuelto a la manía de recortar todas las fotografías del periódico, sin ninguna elección, sin ningún pretexto cabal. Corta, apilando todo sobre su escritorio en perfectas columnas. Por tamaños y colores. Se dice a sí mismo que hará un gran mural fotográfico
de lo acontecido en su tiempo, para que cuando sus nietos le pregunten cómo fue su vida,
él los llevará al mural y ahí podrán ver el mundo que él vivió. Esto sonaría lógico si Carlos y
Cecilia fueran padres aun. El futuro se ha ido apagando. Pero él corta, guarda e imagina.
Ya es mucho.
Este día parece que no entrará la luz del sol. Qué pena. En cambio, el viento estará
entrando sin ningún obstáculo. A ratos con fuerza insolente, otros, con suavidad y dulzura.
Carlos alzará la cabeza para ver por qué vuelan sus fotografías, y al no encontrar culpable,
volverá a ordenarlas, sujetándolas con pedazos de roca volcánica que hace años encontró
en casa de su abuela. Porque cuando era niño, en casa de la abuela se hizo de sus mejores
tesoros. Alojada en la cumbre de un cerro, la casa parecía alzar el vuelo, con sus techos de
doble agua, su chimenea y los atrevidos ventanales. Ahí también el viento fue un huésped
de rigor. Como ahora que la ventana está abierta; entra, mueve y grita a sus anchas. Él
casi no lo recuerda, pero de su niñez le viene el silencio y la fuga tras imágenes lejanas.
Cecilia en cambio, sabe de su deambular azaroso. Sí ve las tinieblas y la ventana
abierta, pero calla y pasa. Sólo en sueños descansa. ¿Cómo pudo sobrevivir al accidente?
Esta pregunta surge en el pensamiento como una ola amenazante, rebota y cimbra los
tejidos musculares de su cuerpo frágil, intentando liberarse de la opresión del silencio, de
la respuesta que no llegará. No. No llegará. Cecilia se muerde los labios para no gritar que

no hay un dios. en su recámara enciende velas, fuma cigarrillos, mirando a través de los
objetos que ya no son.
La madre de Cecilia llama tres veces al día. No puede hacer más.¿ Cómo sigue mi
hija? ¿Qué está haciendo Carlos? ¿Ya comieron? ¿El doctor llevó los medicamentos? Con
voz trémula acentúa los aaah, los ohhh. Ochenta y tres años pesan demasiado sobre los
hombros, las rodillas, el corazón. Pero no, no puede no estar tras la línea, tratando de
salvar el abismo que se tragó a su hija, a su Cecilia.
La lluvia arrecia. El jardín se está anegando. Jose, la sirvienta se ha servido la
tercera taza de café bien cargado, entre sorbos reza y alza los hombros en señal de
conformidad ante lo irremediable. Su patrona casi muere o más bien ya está muerta
desde el accidente. Quisiera barrerlo todo, echar para afuera los llantos, los gritos que
aquel día entraron a la casa. Cierra los ojos para invocar las imágenes del pasado, cuando
la niña Betina saltaba entre los arbustos, gritando que era un conejo y que nadie la podía
alcanzar, o cuando la señora Cecilia abría todas las puertas, las ventanas y cantaba
canciones extrañas, o el señor Carlos duro que dale limpiando su coche, el patio, los
anaqueles. Entonces Jose fue feliz, porque nadie parecía notar su tristeza. Ese dolor canijo
de a ver sido vendida cuando tenía once años, ofrecida por la mala a la tía Delfina.
Majadera y cruel esa fue su tía. Dios bendito que la socorrió para que, al cumplir los trece
años, Jose pudiera escapar con Martín el basurero. Ese día corrió como jamás hubiera
podido imaginar, sudando y temblando, pero libre. Pero perdida. Pero decidida a no
voltear atrás hasta salir de la ciudad. Días y noches anduvo de camión en camión, de
pueblo en pueblo, de parque en parque borrando todas las huellas posibles de su
identidad. El hambre y el frío no fueron sus enemigos, a ellos los conocía bien, pero las
mujeres, todas, se le antojaban como seres malignos.
─ Jose llévale su té a la señora, y apúrate, no te tardes ─ Carlos entró
repentinamente a la cocina, dando órdenes. Con la mirada ofuscada y los labios fríos, se
sentó en el banquillo y no hizo más. Esperó el regreso de la sirvienta. Al pasar por la
ventana abierta Jose se detiene, la mira, pero al tener las manos ocupadas por la charola,

sigue de frente, repitiendo que a su regreso la cerrará. Entra a la recámara de la señora y
un olor a encierro la desafía. Esa mezcla de salitre y humo que tanto odió del cuarto de
Delfina. Siente ganas de salir corriendo, de vomitar, de gritarle desde afuera que salga,
que ese olor es peligroso y tenaz.
─ Seño, levántese, salga de aquí, esto no está bien, mire lo pongo su chal, abajo la
espera el señor, ándele, levántese, no sea rejega ─ Shsss, vete Jose, no quiero nada, sólo
dormir. ─ Cierra la puerta con el corazón maltrecho. Se persigna. Alza los ojos al cielo y
dice, Tú sabes por qué haces, así las cosas. Amén. Olvida la ventana. Impaciente, Carlos
pregunta cómo está Cecilia. Al escuchar que dormía sintió alivio. Y también un deseo de
subir y acostarse a su lado, abrazarla y decirle que todo está bien, que todo está bien, que
todo…bien está.
Pasa del mediodía y la casa está en silencio. La humedad ha ido impregnándolo
todo, cortinas, ropa y cuerpos, sobre todo el de Cecilia que entre sudor y frío se cobija
hasta la frente para no ver, no oír, no pensar. Por momentos breves abre los ojos y aspira
con fuerza, como queriendo jalar un hálito de valor. Su cuerpo tendido sobre la cama
asemeja más un bulto escondido bajo las sábanas que una mujer medio dormida, medio
muerta, medio consciente del dolor.
Los olores y las sensaciones han resurgido en Jose. Se le agolpan en el pecho y en
los puños, porque hoy ha vuelto a sentir de cerca a la tía Delfina. Con su sudor rancio, a
tabaco oscuro y los humores desafiantes. La niña Jose está limpiando pisos, con náuseas y
hambre mientras la tía ríe y canta tendida en el catre, medio desnuda. De pronto siente
un golpe en los brazos, Delfina golpea con placer, con su vara de membrillo, con su deseo
insaciable de ultrajar al único ser vivo que la acompaña. Alrededor de ella están las velas,
los santos, las cruces, los escapularios y los calzones tirados. Jose reprime el llanto, no
sabe que ella podría odiar, que ella podría sentir rabia, solo atina a sobar su brazo
enrojecido y seguir limpiando. Es una niña de once años. De su madre recuerda un llanto
incesante. De sus hermanos recuerda las camas vacías. De su padre… no recuerda nada.
De sus sueños recuerda la muñeca y la taza. Resuena con claridad el día que Delfina fue

por ella, borracha, sacó de su bolso unos billetes y a empujones la sacó al patio hacia su
nuevo destino, un cuartucho en la ciudad, oscuro y amargo. Durante el trayecto en el
camión, Delfina escupía ya abrazaba a Jose, diciéndoles lo lindo que será vivir juntas, tú y
yo, con todos los placeres y la libertad que las mujeres siempre codician. La niña escucha,
mira hacia afuera, ve pasar árboles, puentes, iglesia sin comprender qué está pasando ni a
dónde va, mucho menos qué es eso de la libertad. Pero calla, asiente y pide un dulce.
Poco a poco la noche se hizo, bajaron del camión, caminaron por entre calles y gente
hasta llegar a un edificio derruido, sin luz ni puerta. ─ Tía tengo hambre, me quiero dormir
─ No chiquita, primero vas a lavar los trastes, ni creas que aquí no se trabaja. Mañana
empezaras a ser una mujer de verdad, ya verás.
Jose da un golpe sobre la mesa. Ya no quiere recordad cómo se fue haciendo una
mujer de verdad. Se levanta y mirando en rededor, para que nadie la vea, saca la botellita
de aguardiente que guarda bajo las escaleras y se echa un buen trago, sólo así logra echar
fuera de sí todos los demás días y noches que vivió con Delfina. Otro trago, más lento, más
largo para poder penar en la señora Cecilia, en Betina y en los quehaceres pendientes.
Carlos se ha puesto el impermeable para salir a la calle a comprar los periódicos del
día. Camina enfundado con su pañuelo en el rostro, sorteando charcos y coches, su
mirada va clavada en pos del estanquillo. No piensa. Sí siente. Sus entrañas han cambiado
de piel. Ahora son duras y calizas. Pesan. No acompañan el ritmo suave de la respiración.
Más bien, pugnan por salir fuera del vientre y rodar hasta el mar.
─ Buenos días Don, cómo le va. Ya se enteró que nos van a cambiar la moneda.
─ Buenos, eh, no, no lo sabía.
─ Tóns, cómo compra tantos periódicos y no se entera.
Carlos levanta el rostro y siente la brutalidad de las palabras. En este momento es
capaz de reconocer que no vive, que ha olvidado al mundo, que no sabe ni qué día es ni lo
que pasa. Se disculpa con el dependiente y emprende el regreso a casa. Pero en esta
ocasión va despacio, mirando, examinando de nuevo la ciudad. A través de la fina lluvia

que se escurre por rostro y hombros, alcanza a notar destellos de lo antes conocido, como
la avenida sembrada de palmeras y setos, el revoltijo de anuncios espectaculares y la
cadena de edificios que parece no acabar. Son pocos los transeúntes que caminan bajo la
llovizna, así que él puede mirarlos no en conjunto, sino en lo particular. El gesto, la ropa,
las manos. Al principio sólo había notado las figuras en movimiento, pero poco a poco se
ha ido deteniendo a mirar a las personas, como a la mujer de la pañoleta azul, que camina
con un ligero aire de descuido, mirando hacia el frente con los labios torcidos y la frente
llana. Él calcula que debe de tener al menos cincuenta años, porque su cuerpo es más laxo
y menos efusivo, al volver la frente descubre que no hay líneas tajantes en el gesto,
parece un se adusto y conforme, que su pelo, a pesar de escurrirse tiene brillo. La ve
alejarse y la despide con una sonrisa tímida. Atrás viene otra mujer, casi una anciana que
va dando pasitos cortos y torpes, vestida de negro, con paraguas y medias gruesas, que va
hablando, musitando rezos. Ella no mira de frente, más bien sigue una ruta conocida en
donde ya no hay novedad. Con manos gruesas, salpicadas de pecas y venas azuladas
arropa su pecho. Carlos alcanza a notar un temblor en la barbilla. Este temblor
imperceptible le hace recordar a su madre, balbuciendo disparates. Cierra los ojos para
evocar la imagen. Su quijada se tensa, los puños también. Si atender el presente resulta un
acto de proporciones colosales, mirar hacia atrás, su madre, su abuela, su niñes es un
trance suicida. Hace acopio de su instinto de supervivencia, palpa debajo de su brazo el
bulto de periódicos y de inmediato arrecia el paso para llegar a casa, ponerse a salvo en el
hecho de recortar y apilar.
Mientras Jose prepara el caldo espeso para la comida, Cecilia se ha levantado y va
hasta la ventana abierta, no para cerrarla, no para mirar hacia afuera, sino para gritarle a
la tempestad que le traiga a Betina, que le devuelva la vida o que la mate de verdad. Jose
al escuchar los gritos, grita también, corre, se tropieza y alcanza a Cecilia para abrazarla ─
Ya, ya, ya shssss, qué tiene mi niña. Tranquila, shssss, seño Cecilia venga, no llore, le voy a
dar su medicina pal dolor.
Carlos regresa a casa y discretamente se encierra en su estudio para seguir
cortando sus periódicos. Enciende la chimenea eléctrica y la radio, haciendo un esfuerzo

por escuchar lo que dice el locutor. ─ Bendito Dios que ya llegó señor Carlos, venga,
ayúdeme con la señora, se puso mal. ─ Ambos tiemblan. Chocan. Llegan hasta Cecilia para
encontrarla de rodillas, frente a la ventana. Por sus mejillas resbalan tupidas lágrimas y su
respiración es imperceptible. Jose trata de incorporarla, pero su rigidez es la de un cuerpo
indolente, al que no le atañe lo externo. Carlos se arrodilla frente a ella y le acaricia el
rostro, limpiando llanto y frío. ─ Ceci, qué haces aquí. ─ Ella lo mira. Intenta hablarle, pero
de su boca no salen palabras, sino chasquidos. La abraza y le besa la frente. Ella cede a su
cobijo. No hay más fuerzas. ─ Llévame a mi cama, quiero dormir. ─ Sí.
Jose quiere hablar de más, no entiende por qué ellos callan y ceden. Hubiera
querido decirle a la señora que ella también perdió a su familia, a toda, que la infame
Delfina le robó la vida, que ella no supo llorar, que aún le duelen los brazos y las piernas,
que nadie le arrimó una caricia, que jamás fue a la feria ni a los columpios, que nunca
podrá amar, que los andrajos con que vistió de niña aún los guarda para algún día
enseñárselos a su mamá y gritarle por qué la vendió, por qué la abandonó, que de
plegarias y de santos ella ha renegado, pero un Dios, un día la trajo a esta casa y que aquí
encontró la paz y la luz, que ya no llore, que ya no sufra, que ya no reniegue de que la niña
Betina esté en el cielo. Pero calló, no dijo ni una palabra. Los siguió por los pasillos, con la
mirada clavada en el suelo y el corazón saltando.
Una vez que Cecilia cerró los ojos y comenzó el lento descenso al aturdimiento del
medicamento, la casa volvió al silencio húmedo y chorreante. Es probable que sean las
cuatro de la tarde y que en la cocina hierve lentamente un caldo, que en el jardín el agua
lo invade todo, y que el cielo continue amargado. Pero la tarde es joven aún.
Dos tragos más de aguardiente y Jose está a punto de soltar por fin todo el caudal
anegado, toda el agua fermentada que sus ojos han cultivado a la sombra de este hogar.
Porque este día lluvioso insiste en que se desaten todas las tormentas contenidas tras la
humanidad. ─ Jose, qué haces. En qué piensas. ─ Carlos interrumpe su recelo. ─ Ya quiere
comer verdad, ya le sirvo su caldito. ─ No. Dime qué piensas. ─ Pa´qué le echo más agua al
caldo, no se fije en mí, que yo solita me entiendo y acompaño. ─ Jose nunca nos has

hablado de ti. Cuéntame. ─ No, eso sí que no. Nomás faltaba que hoy Ud. Me empuje por
donde ya no quiero pasar. ─ Perdón. ─ entonces habla para sí, sólo quería saber un poco
de ti para olvidarme de mí. Ceci no vive, Betina ya se nos adelantó y yo, yo no hallo
ninguna puerta por dónde irme.
Le toma una mano, la besa y hace que se siente junto a ella. No dirá nada, aunque
se le arremolinan los pensamientos de cómo lo divisa, Jose tiene por bien entendido que
el señor Carlos no escuchará sus palabras, que conforme ella haga un sacrificio por
ordenarlas y limpiarlas, él se irá tras las sombras. Que este señor quizás nunca regrese a la
vida que Dios le encomendó, porque desde niño lo azuzaron a irse lejos, a inflamar sus
fantasías y a no prever el regreso. Ceci se lo ha ido contando con los años, ¡ay! Jose, Carlos
fue un niño sin mimos ni arropo. Nunca le jalaron las riendas, porque ni siquiera lo tenían
en la mira su madre y su abuela. Por eso siempre anda en las nubes y desde aquí lo quiero,
sí que lo quiero. Al principio Jose no entendía bien a la señora, pero la vivencia diaria le
fue dando la razón. El señor esconde la puerta de un precipicio en el pecho, y hará todo
cuanto pueda para no abrirla ni que nadie se asome. Esa es la pura verdad, sí, Jose sin
querer ha visto el cerrojo en la forma que tiene de mirar para todos lados sin buscar nada.
Como ella, cuando Delfina hacia sus cochinadas y quería que Jose se entrometiera, ella
simplemente no veía, no sentía y se fugaba a la huerta de su infancia, con sus hermanos y
las cabras. Horas, horas pasaba de un paisaje a otro, riendo y saltando, abrazando a sus
hermanos y cantando canciones doña blanca está cubierta de oro y plata…de pronto, la
vara de membrillo la traía de vuelta a la oscuridad, a la brutal oscuridad del cuarto de
ciudad.
Suspira. Mira a Carlos y no sabe cuánto tiempo ha tenido su mano entre las suyas,
ni cómo él se ha mantenido unido a ella, como un chiquillo retraído. Le sonríe. Lo suelta.
Se afana en volver a calentar el caldo para dárselo en la boca. Cucharada a cucharada le
canta, le habla suavecito para que él no se entere de sus pobres palabras.

Afuera, la ciudad sigue cubierta con el manto de la lluvia. Corren ríos. Los árboles
bailan y sonríen al contacto del viento y del agua. Se escuchan sirenas y truenos. Es un
paisaje hermoso, si no fuera porque inunda las almas.
Al día de hoy, han transcurrido tres semanas del fatal accidente, donde Betina
perdió la vida. Cecilia manejaba de regreso a la ciudad cuando un caballo saltó a la
autopista, ambas lo vieron estrellarse en el parabrisas y rodar por el cofre del auto,
impactándose en el pecho de Betina, dando patadas y relinchando de dolor. Ceci perdió el
conocimiento de inmediato. Betina murió a los tres segundos.
Alguien llamó a casa a gritos, con soplidos, con desesperación. Jose tomó la
llamada y al escuchar aquel alegato del que no comprendía nada, volvía a preguntar, a
rogar que hablara más despacio. En ese momento Carlos pasaba por enfrente de ella y le
arrebató el auricular. Su semblante se quebró a cachos. Balbuceo. Y no fue hasta que Jose
le dio una cachetada, que salió lacerado de casa. Pasaron muchas horas sin que nadie se
doliera por enterar a Jose de lo sucedido. Cuando por fin lo supo, nada más se arrodilló ahí
mismo y comenzó a orar, a llorar a maldecir a todos los santos por su menosprecio a la
vida humana.
La madre de Cecilia fue la primera en llamar. ─ Jose dime que no es verdad, dime
que me están diciendo mentiras, dime que Betina está en su cuarto y que Ceci fua a la
calle a comprar pan. Jose, respóndeme, no llores, háblame, quítame este dolor infernal.
Jose, Jose dónde está Dios, por qué nos abandonó. Por qué sigo viva y Betina no. Jose, te
piedad. ─ tras la línea un mar de sufrimiento la anegó.
Al día siguiente el señor Carlos llegó a casa. Si siempre andaba por las nubes, ahora
parecía enterrado en el infierno, a un costado de Satanás. Jose lo escuchó llegar y el
cuerpo se le atajó entre la cocina y el estudio. No pudo dar un paso. El aire fino se
convirtió en navajas punzantes. Lo vio y supo de golpe que nunca más regresaría. Que del
cielo y las nubes es fácil bajar, pero imposible salir de la tierra.
Impulsivamente un rayo de conciencia la atravesó. Su sufrimiento no era el único,
ni el peor.

Los días que siguieron no hubo sol, ni lunes ni hora donde atender a la razón. El teléfono
cobró vida propia, y a deshoras con insolencia exigía atención. Voces entraban y salían a
través de la línea sin misericordia para Jose; familiares, vecinos, amigos, curas pedían
detalles y consuelo. Recriminaban a Jose por no saber más, por no esclarecer la escena
irrevocable, ni la hora ni el día en que Carlos y Cecilia regresarían al hogar. Ella tomó el
mando, decidiendo no procurar más información que la austera respuesta; no, no sé,
hable mañana.
Al cumplir los 13 años Jose se prometió salir de casa de Delfina antes de que las
fuerzas le faltaran. Poco a poco, noche tras noche fue discurriendo los detalles y los
movimientos que tendría que ejecutar para su fuga. Siendo niña aún, pronto comprendió
que no serían suficientes las fantasías ni los engaños, que salir de ahí implicaría un ardid
de valentía y arrojo. Que la tía, con su indolencia, era capaz de adivinarle hasta las ganas
de orinar si se lo proponía. Así que, en adelante, la niña Jose necesariamente aprendería a
mentir por todo lo ancho de su ser. Haciendo acopio de los recuerdos, trajo a su memoria
aquel juego con sus hermanos, en el que ganaba el más diestro al mentir. Mentir por todo
y con todos. Mentir en el mercado, en la calle, en la iglesia, con la madre y los vecinos.
Mentirle al hambre y al frío. Mentir en la oración y en el castigo. El juego se prolongaba
semanas, hasta que, rendidos y confundidos de tantas realidades enlazadas, soltaban la
carcajada y desmenuzaban los dimes y diretes.
Al cuarto de Delfina, cada lunes llegaba Martín. Un viejecito enclenque que se
ganaba el pan sacando las bolsas de basura del edificio. Delfina se burlaba de él, pero
siempre le arrimaba un vaso de agua y un beso en la mejilla, así, el hombre bajaba la
mirada y la basura. El día que descubrió a Jose trepada en un banco, lavando la loza, le
preguntó cómo se llamaba, Delfina interrumpió la conversación y le metió un pellizco en
las nalgas, diciéndoles que su sobrina no podía hablar con desconocidos. Río con ganas al
ver al viejo enrojecer. Pero a Jose le bastaron esos segundos para que sus miradas se
toparan y comprendieran que serían amigos.

Desde ese día Martín, para alzar la bolsa del desperdicio se daba la maña de
arrimarle un caramelo a la niña. A ella le brillaban los ojos. Así pasaron dos años. Hasta
que un día con fortuna, Delfina salió al patio en busca de un cigarro, mientras Martín
bebía lentamente su vaso de agua. ─ el próximo lunes, te estas lista con tus cosas, voy a
sacarte de aquí. ─ dijo. Se levantó, bajó la mirada y salió despacio, cargando no sólo la
basura, sino también la inmensa felicidad de la niña.
Las lágrimas ya corren.
─ Señor Carlos, creo que debemos llamar al médico, la señora no ha despertado, ya
es mucho tiempo. Y como ya anocheció no nos vaya a fallar con su medicina. ─ Así Jose
ataja lo que la memoria insiste en traer. En este momento suena el timbre la casa. Bendito
Dios.
Las velas y el humo en la alcoba de Cecilia repiquetean, creando una atmósfera de
incertidumbre y soledad. El médico se acerca a la cama. Frunce el ceño. ─ Cecilia,
escúchame, tienes que salir de aquí, tienes que hacer un esfuerzo por levantarte y
comenzar una nueva vida. Afuera te esperan tu marido, tu madre, Jose, los amigos. Voy a
ser inflexible contigo, no voy a permitir que te suicides, me entiendes verdad. ─ La voz
sonó ronca, cortada, amenazante. A pesar de ello, Cecilia no se movió. El medico se
aproximó más. Extendió su brazo y le tocó la frente: fría y húmeda. Le rozó los labios:
secos y fríos. Le acarició el cabello. ─ Ceci, mírame, soy tu amigo y sé que el dolor parece
insuperable, pero tienes que vivir. Me preocupa Carlos, cada día está más perdido, no
tiene de dónde asirse. Tú eres su luz, su cabeza, su timón. No lo desampares. ─ Diciendo
esto, aplicó la inyección en el brazo y salió sin mirar atrás.
Las sombras titilantes del cuarto penetraron bajo los párpados de Cecilia. El eco de
la voz penetró hasta la misma profundidad del silencio y le arrancó un gemido a la
garganta. Un torbellino de sensaciones alteró su cuerpo inerte, provocándole sollozos y
latidos, pensamientos y luces, imágenes e historia. Se incorporó sobre la almohada y por
primera vez en semanas, miró su cama vacía, su espejo marchito, su piel desgastada. Pero

el efecto punzante de la inyección invalidó sus fuerzas para levantarse y correr en busca
de Carlos.
Entre sueños decidió que viviría.
El escritorio de Carlos asemeja un volcán en erupción, son tantos los recortes que
se apilan, que ni las rocas volcánicas pueden contener. La radio crea la sensación de un
ambiente animado, sugerente. Sin embargo, él habita en la penumbra. El anochecer ha
traído un dolor inesperado, quizás tenga la culpa la anciana de la calle, o el rostro ajado de
Jose o la lluvia, pero siente un hueco inhóspito en el abdomen. Deambula cabizbajo por el
estudio. Quiere no pensar, pero la madre y la abuela se han colado hasta ahí. La abuela,
pequeña, pelirroja, astuta, severa. La madre, coqueta, distante, glacial. Ambas jugadoras
empedernidas, ambas solteronas, ambas indiferentes hacia él. Carlos un niño sin
atributos, sin juegos ni amigos. ─ Ándale Carlitos, recorta estas revistas mientras jugamos
una partida. ─ Una hora, dos horas, cinco horas en el patio, callado y recortando, viendo,
fugándose, inventándose un mundo para sí. En la escuela lo mismo, los años pasaron
dejándolo a un lado de sus compañeros. La tradición familiar no incluía amigos, sólo
contrincantes sobre la mesa de póker y noches en vela, escuchando pleitos y portazos. Su
madre y su abuela consumieron la vida de jugada en jugada. Caprichosas y ávidas de
placer, ignoraron su presencia, hasta que fue demasiado tarde, hasta que él aplicó para
una beca para irse a la ciudad. Entonces ambas lo lloraron, lo besaron y bendijeron.
De pronto un arranque de cólera lo hace manotear contra el escritorio y su legado,
contra la radio y su sonido intruso, contra la lámpara y su luz artificial. Quiere salir de ahí,
correr hasta Cecilia, despertarla, llorarle, rogarle que regrese, que no lo deje con su madre
y su abuela. Se desvanece sobre el sofá, se encoge de hombros y acepta llorar. Al otro
lado de la puerta Jose escucha los sollozos, pero no se atreve a entrar, ella intuye que eso
está bien, que al menos él llore por todos.
Cuando Martín apareció el siguiente lunes, Josefina temblaba de pies a cabeza,
pero Delfina la escuchó cantar y fregar, así que continuó su sesión de tarot, bebiendo
cerveza y fumando. ─ Ándale escuincla dale a Marín la bolsa y saca el palo de la escoba

rota. ─ Sí, ya voy. ─ Tarareando y sin prisa, arrimó la basura, el palo y otra pequeña bolsa
de papel con sus dos vestidos, un calzón, una estampa de San Martín Caballero y su chal.
Abrió la puerta, dejó pasar a Martín y ella echó la carrera a la calle, al destino, al miedo. Ya
Martín le había dicho que la encontraría en el portal del parque, que ahí se estuviera hasta
que él llegara por ella. Que trataría de detener a Delfina en su furia por perseguirla, pero
luego daría vueltas en el vecindario y al final pasaría a recogerla. ─ no hables con nadie, no
llores, no hagas nada. Ahí te estás que yo te alcanzo. ─
─ Jose ya cierra esa puerta, no seas pendeja, ya sabes que odio el ruido. Jose no me
oyes, dónde estás cabrona. Martín dónde está la niña. Te juro que la mato. Tú la dejaste ir,
dime dónde está. ─ Los gritos fueron de menos a más. A bofetadas se dejó ir contra el
viejo. Él, sereno. ─ No se preocupe, la niña bajó por una caja que le trajeron a Ud.─ No me
vengas con pendejadas, ella nunca baja. Tú, viejo cabrón me la quieres robar, pero me las
pagas, vas s ver que me las pagas. ─ Sacando un cuchillo lo amenazó. Pero los vecinos ya
estaban enterados y entre todos rodearon a la mujer para que no pudiera avanzar. ─ Deja
esa niña en paz, cantaban los testigos a coro. ─ Te lo advierto vejete, tú me las pagas con
sangre, te lo juro. ─ Cerró de golpe la puerta. Nada se escuchó. Martín bajó las escaleras,
sonriendo a los vecinos y andando despacio como siempre, luego, se perdió en las calles.
Tres horas después encontró a la niña en el portal. ─ Toma, aquí te doy cuarenta
pesos para que te largues bien lejos, me entendiste, bien lejos. Te voy a llevar a la estación
y te me subes al primer camión que salga. Luego te subes a otro y así hasta que amanezca,
en el punto más lejano de esta pinche ciudad. ─ Por último la abrazó y le dio un beso en la
frente.
Quizás Martín nunca supo que Jose cumplió al pie de la letra cada una de sus
indicaciones, que viajó dos días y su noche, entre gallinas, bultos, pisotones y hasta con un
loro merolico en su hombro. Tampoco Jose nunca supo que Martín murió abatido por un
infarto a plena calle, una semana después de haberla rescatado.
La niña llegó a un parque después de dos días de trayecto. Había comido semillas
pepita y sandia. Esquivaba con astucia a la gente, sobre todo a las mujeres que se

acercaban a ella para preguntarle si estaba perdida. Sola, fue haciéndose habilidades para
recoger la fruta marchita de los mercados, para dormir en los portales y para descubrir
entre la multitud a otro Martín, a otro ángel viejo que la orientara. Con los días aprendió a
sortear las calles, los riesgos y el desasosiego de no saber cómo iba a parar toda aquella
pericia. Pero algo fuerte y profundo se anidaba en su pecho, la idea de poder vivir sin
Delfina. De su madre y sus hermanos había perdido toda esperanza, pues la perversa tía, a
quemarropa le dijo un día que todos habían migrado al norte, que los olvidara, pues nunca
regresarían a esta su tierra.
Sin saber leer ni escribir, Jose avivó el deseo de abrirse camino en el pueblo. Un dio
con el párroco de la iglesia y se ofreció a lavar los platos, las ollas, barrer el patio y
alimentar a los pericos. ─ Dónde vives. Quiénes son tus padres. Por qué estás tan sucia. ─
El hombre la mira de pies a cabeza, frunciendo el ceño y tosiendo. ─ Mi familia se fue pal´
norte y dicen que van a venir por mí, pero se me anda haciendo muy duro andar sin pan. ─
Al día siguiente entró en la parroquia; lavó, talló, fregó, alimentó y cayó rendida en la
orilla del zaguán. No hubo vara de membrillo. No escuchó carcajadas. Sí paladeó leche con
pan y nata. Aprendió a rezar arrodillada, con las manos entrecruzadas, mirando de reojo
las imágenes del altar. Los meses fueron pasando sin que Jose pudiera acomodarse en
otro sitio.
─ Niña, ven acércate. Quiero que te vayas para la ciudad a trabajar en casa de mi
prima. ─ Jose se tapó las orejas, y comenzó a temblar. No, no podía ser verdad lo que le
estaba ordenando el párroco. Ciudad y Delfina eran lo mismo. ─ No te preocupes, vas a
estar bien, mi familia es gente muy compasiva, donde irás. ─ Y antes de que pudiera echar
la carrera hacia la calle, el hombre la tomó del brazo y le alzó la cabeza. ─ Te estás
haciendo mujer, y aquí corres muchos peligros. Ya no puedes seguir entrando y saliendo
de la iglesia sin ser notada. Ve y arregla tus trapos, hoy mismo te voy a llevar. ─ Quizás fue
porque el mundo se le nubló o porque este hombre le merecía respeto y lealtad o porque
un sangrado irregular la mojaba con horror, Jose se dejó guiar sin aspavientos.

Una vez más, vio pasar árboles, puentes, calles, iglesia sin comprender a dónde la
llevaban, ni por qué. El espectro de la ciudad hace que se le revuelvan las entrañas. Suda
en frío. Siente las quijadas trabadas.
─ Se llama Josefina, es muy callada, pero le gusta trabajar. ─ Con esta frase el
hombre abrevió toda su vida. Cecilia y Carlos no preguntaron más. Al día siguiente la
llevaron a comprar dos vestidos, dos faldas, dos blusas y unos zapatos tenis. Además, un
helado de fresa. Betina la abrazó y le preguntó si quería jugar o dibujar. Carlos le dijo que
se estuviera con la niña jugando, que más tarde le enseñaría sus quehaceres. Día a día fue
haciéndose al modo de la familia. Año con año Jose aprendió no solo el manejo de sus
habilidades sino también el manejo de sus emociones. Al cobijo del hogar, durante las
noches pudo armar el rompecabezas de su infancia, de Delfina, de los santos y la oración,
y de la certeza de no estar desabrigada.
Abre los ojos y se sobresalta al ver la oscuridad en la que ha estado sumida por
horas. El cuello lo siente tieso y las rodillas no responden al llamado del paso siguiente, así
que ladeando las caderas se sacude los pensamientos y las imágenes.
Con temor, se acerca al estudio del señor, no, ya no se escuchan lamentos, así que
toca, pide permiso para entrar y ofrecerle pan y té. ─ Señor Carlos, este ha sido un día
canijo, esta agua ya nos llegó hasta la coronilla, pero sabe, mañana dicen que va a salir el
sol. Tome, aquí te traigo su té y su pan, luego vaya donde la señora, para que no tengan
frío. ─ Por rutina, se da una vuelta por la recámara de Cecilia.
El reloj marca las nueve de la noche. Cada uno está en su territorio. Ceci duerme a
pesar de ella y su certeza recién parida de sobrevivir. Carlos ha decidido romper todas las
fotografías, arrojándolas al cesto, sepultando con ellas su infancia.
Jose enciende el televisor.

Ana Mateos