Creación Literaria, maestra: Ana Isabel Mateos Fernández

Fecha: 16 de febrero, 2026

Título: La Entrevista

Autor: América Vanessa S.

Son 15 minutos para las 12:00. Llego a tiempo, y veo con cierto alivio el recorrido que tendría que hacer si me dan el trabajo… cuándo me den el trabajo. El autobús pasa en la esquina de mi casa y me deja cruzando la calle. Suena demasiado increíble lo conveniente. Toco el timbre de la institución y una chicharra alarmante interrumpe a la escuela entera. Me abren la puerta y me preguntan que si soy de Oxford.

-No, mi nombre es América Vanessa, soy maestra de inglés y vengo a una entrevista. Me pidieron que preguntara por la Lic. Estefanía. ¿Cuál es tu nombre, disculpa?

-Yo soy Ceci, pase maestra.

Me hacen entrar a la dirección mientras llaman a la licenciada. Me siento en un sillón muy bajo de vinil negro y pegajoso, espero. Una pequeña de carita brillante de crema entra y se dirige a la señorita que me abrió la puerta. Le dice que se acaba de caer de los juegos, mientras le enseña su brazo raspado. Ceci pretende ver la gran herida y la frota con una pomada que huele a caléndula.

Una mujer de saco azul y zapatos bajos sale de su oficina. Se dirige a mí

-Mi nombre es Juana Soledad, soy yo quién le mandó el correo. Gracias por venir maestra. Si me sigue por favor. Nos vamos a dirigir primero con Chepis, la psicoterapeuta. Ella le hará una evaluación y después la llevo con Estefi. 

Yo la sigo mientras comento sobre lo amplio de sus instalaciones. Cruzamos un césped tan artificial que no siento alergia. Entramos a un amplio salón de puerta azul. Una mujer de cuerpo pequeño y entrados años nos recibe. Me dicen que ella es Chepis, le extiendo el saludo y no me corresponde. Veo hacia abajo y una mano agarrotada se mueve hacia mí de manera morosa. La señorita que me acompañó, Juana Soledad, pregunta a Chepis si ocupa algo, ella le pide que saque un balón y acomode la alfombra.

Espero que me indiquen dónde sentarme, no sucede y escojo la silla más cerca. Pongo mi bolso negro y mi folder con mi curriculum en el asiento de al lado. 

-¿Traes vestido? -me dice ella.

-Sí-respondo con tono titubeante…pues es obvio.

-Quítatelo para que estés más cómoda.

Me quedo en silencio, y dudo ¿escuché bien?. 

Ella gira hacia la ventana mientras dice-me volteo para que no te dé pena-

Sigo sentada, inmóbil. Trato de encontrar sentido a lo que escuche. ¿Serán los zapatos? No, ella nunca dijo la palabra zapatos. Después de una pausa incomodamente eterna, pregunto:

-¿Me quito los zapatos?

-Sí-dice ella

Respiro aliviada, y pienso que solo fue un  malentendido. Me gana la risa y un poco nerviosa le confieso

-Escuché que me quitara el vestido.

Veo su rostro apático y procedo a quitarme mis botas grises con tacón. 

-Esta es una valoración de espacio, coordinación y habilidades cognitivas. Es algo diferente que hacemos en esta institución para evaluar a los maestros -dice Chepis de manera mecánica-acuéstate en el fomi.

Aunque me resulta extraño lo que me pide, al menos conservé mi ropa-piensó para mí-

-Ahora que te acostaste, necesito que gires hasta la orilla de la alfombra.

Yo giro de ida y vuelta. Al ponerme de pié ella me dice que ha observado una conducta infantil en mí. Que hay una parte de mi cerebro que no maduró y que por esa razón cometo errores. 

-Vas a ponerte en cuclillas y a gatear, yo te digo cuando pares.

-Creo que nunca gateé-comentó sintiéndome torpe.

-Ahora hacia atrás-indica ella

Todas las inseguridades empiezan a brotar de mi cuerpo. Siento como emanan y se vuelven el aire, denso y asfixiante. Nunca me supe ágil y me he esforzado en ocultarlo como algo que me avergüenza.

-Vas a tomar ese balón y llevarlo hasta el otro lado. Rebótalo con ambas manos y cuando yo te diga cambias a la derecha y después a la izquierda.

Mi cuerpo responde al estrés que me está causando este reto. Yo fuí la niña que jugó a ser mamá de sus hermanos. La que aprendió a cocinar a los siete y a lavar pañales sin asco. Nunca boté un balón, ni me arrastré en el piso. Esa bicicleta rosa que me regaló mi papá, se quedó sin estrenar. Yo era la niña que nació en el mar y no iba a la playa. La que nunca aprendió a nadar. Era, me repito y con la fingida decisión que me ha acompañado de adulta, tomo el balón en las manos y lo boto. Lo reboto fuerte, que haga eco. Lo paso de una mano a otra.

-Ahora vas ponerlo en medio de la línea y meter gol con el pié derecho. Otra vez. Otra vez. Otra vez. Cambia al izquierdo. Otra vez. Otra vez-me ordena-

Camina sin parar de una orilla a otra, y mientras, contesta mis preguntas. Dime tres colores.

-Rojo. rosa, morado-contesto.

-Rojo 1, rosa 2, morado 3. Dime los colores en orden. 1, 2, 3.

-Rojo, rosa, morado-repito.

-1, 3, 1

-Rojo, morado, rojo. Afirmo.

-2, 1, 3, 1, 2

-rosa, rojo, morado, rojo, rosa

-3, 3, 2, 1, 2, 2, 3, 1

-morado, morado, rosa, rojo, rosa, rosa, morado, rojo.

Continuamos así por tres minutos, yo contestó con seguridad y ella sigue aumentando los números. En una instancia me equivoqué, pero corrijo. Me lleva al escritorio y me presenta con dificultad tres torres de bloques y cubos, de esas con las que juegan los bebés. 

-Saca las piezas, revúelvelas y ármalas como venían. 

Esto no es dificil. Lo logro sin más.

-Ahora saca una pieza a la derecha y una a la izquierda. Bien, regresalas en el orden que las sacaste. Bien. Ahora quita estas pinzas de ropa del cubo de metal… revuélvelas… regrésalas en el orden que estaban.

Acércate, voy a golpear el cajón de metal con este bloque, quiero que me digas cuántos segundos dura el eco. ¡No! acercate más. ¡No! Pega tu oreja al cajón.

-El eco dura dos segundos-trato de adivinar

-¡No, acércate más!

-¿Dura dos segundos?-Vuelvo a intentar. Pero la mujer se exaspera y se dá por vencida.

Saca un par de palitos de cristal con puntas de colores. Uno es verde y otro rojo. Me dice que lo que sigue es analizar mi estrés neurofisiológico. Chepis se para frente a mí. Ordena que siga con la vista el verde, sin mover la cabeza. Sube y baja la varita, la mueve de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Ahora aumenta el rojo, me pide que siga la trayectoria del rojo mientras mueve el verde más cerca de mi vista. Los lleva hasta puntos que mi vista periferal no alcanza. Temo haber salido mal, pues me gusta mucho más el rojo que el verde y siempre lo prefiero. La cantidad de veces que he colgado una llamada en lugar de contestar, pues veo el botón rojo y sin pensarlo lo aprieto…

-Tienes un nível cognitivo muy elevado. Fuera de lo normal-dice Chepis- pero su tono no parece un halago-

-Gracias-contesto dudosa.

-Debes de dejar de usar tu intelecto para controlar tus emociones. No puedes usar tu mente para superar tus traumas. No puedes convencerte a tí misma de que estás bien. Así no funciona el cuerpo. Eres una persona con traumas y crees que los controlas, pero yo los puedo ver.

¡Claro que soy una persona con traumas! -pienso para mí, pero¿quién no lo es? mis penas están enterradas y aunque a veces salen a la luz y brotan, no me impiden ser. 

 -Ahora vas a dibujar una casa.

Me dá un papel en blanco y un lápiz. Yo que colecciono lápices de colores siento que esta prueba la exentaría si tuviera tonos rosas y carmín. Empiezo a dibujar y recuerdo con cariño la casa que estamos construyendo, con techos de bóveda y ventanales. Me acuerdo que tenemos que levantar una barda alta por seguridad, pero yo quisiera no sentir temor y dibujo una frágil cerca de madera con puntas en “v”. Dibujo un camino curvo que lleva al jardín y le pongo cimientos de piedra a las paredes. Creo que no se ha acabado el tiempo y coloco un enorme sol en la orilla de la página. Un sol sonriente y cálido, sin ninguna nube en el horizonte. 

-Dígame cuando deba parar de dibujar o me sigo con el vecindario-bromeo…

-Ahora vas a dibujar un árbol-dice chepis mientras me pasa una segunda hoja. 

Empiezo por un hermoso tronco grueso y caprichoso, rugoso y lleno de recuerdos. Siempre amé un árbol por su tronco, desde niña me escapaba ahí a leer. Lo escalaba con la facilidad que entra uno su propia casa . Le añado ramas que se abren al cielo, una copa esponjosa, una ardilla entre los tallos y un nido con tres huevos. 

-En esta hoja vas a dibujar a mamá y papá.

No veo ningun problema, haré una mamá sonriente y un papá tranquilo, pienso para mí…

-¿Cualquier mamá y cualquier papá?-pregunto de manera inocente

-¡No! Tu mamá y tu papá -me contesta.

¡Argh!Bueno, a mi mamá le gustan los vestidos con bolsas, me aseguro de recordar ese detalle y ponerle las manos en las bolsas. Mi mamá tiene unos grandes ojos verdes, la dibujo hasta con pestañas para darle más fuerza a su belleza, le agrego un par de zapatillas de tacón bajito. Ahora mi papá… a él le gustaba usar traje, lo recuerdo con corbata y ropa muy bien planchada. Él no aceptaba menos que sus camisas de tintorería y con almidón. Termino, pero ahora me pide que me dibuje a mí misma. 

Me dibujo con cariño, me pongo un vestido circular con escote de corazón. Le doy a mi cabello ondas grandes como cuando me lo trenzo por la noche. Me dibujo una ligera sonrisa, aretes, zapatillas y una flor en la mano izquierda. Último detalle, un pequeño olán sale de la orilla del vestido.

La mujer toma mis dibujos y lanza su veredicto de manera instantánea. 

-Tu casa tiene muchos picos. Estás llena de coraje. Cada pico es agresión y toda tú estás invadida por el enojo. 

Pienso y callo. Mi casa tenía un enorme sol sonriente.

-Tu árbol está mal también. ¿Ves? ¿Ves como el tronco es fuerte y firme pero no es frondoso? La base es tu padre, con él no tienes asuntos no resueltos. Pero la copa es tu madre, con ella hay muchas cosas reprimidas.

Sigo en silencio, estoy empezando a sentirme atacada. ¿Qué sabe esta mujer? No me conoce, no sabe nada de mí. Ahora analiza mi dibujo de mis padres y lo deja caer sobre el escritorio con cierto drama, como si todo estuviera escrito ahí.

-Tienes mucho coraje con tu madre, ella no estuvo ahí para tí. Ni siquiera tiene manos. Ella no te dió lo que tu necesitabas. El dibujo sin manos dice que no te ayudó, que no te abrazó, quizá…no te quiso. Tú sigues siendo una niña dolida y llena de coraje. Por eso siempre estás enojada. Por eso estallas de repente y luego te andas arrepintiendo. Tú eres una persona muy infantil, pues no estuvo tu madre contigo durante la parte más importante de tu infancia para ayudarte a madurar. Sin embargo, tu padre es una figura sólida, con quien puedes contar. Con él no hay problema. 

Suenan dos toquidos secos  y me llaman. Yo no puedo salir así. No me lo estaba imaginando, esta mujer me está atacando y no sabe nada de mí. Ya iba de camino a la puerta. Me detengo y sin titubear le digo:

-Yo soy mucho más que un diagnóstico de traumas. Yo no soy el abandono de mi padre ni la indiferencia de mi madre. Soy una mujer con valores propios, confiable, leal. Tengo una familia hermosa, un par de hijos a quienes amo entrañablemente y un matrimonio de casi 30 años. Esto que usted ve en mí, nadie más vé, porque no existe. 

Me dispongo a irme, estoy frustrada, vulnerable y me siento acorralada. La mujer me pide que me siente otra vez. La veo exaltada

-¿A qué edad te casate? Cuéntame-me dice mientras trata de calmarse

– A los veintiuno- contesto.

-Eras demasiado joven.

-Quizá-reflexiono-era más normal en aquel tiempo y sobre todo viviendo en un pueblo pequeño.

-Háblame de tu marido ¿es americano?

-No, yo vivía en Atlacomulco, Estado de México cuando lo conocí. Nací en La Paz, Baja California Sur, pero mi familia se mudaba seguido. A los diez años llegué a ese pueblo y a los trece lo conocí, eramos vecinos e ibamos juntos a las escuela. Nos volvimos novios a los dieciocho años y nos casamos a los veintiuno. Y nos mudamos a Nueva York.

-¿Por qué escogieron Nueva York?-me pregunta

-Mi esposo tenía un tío viviendo allá y siempre le dío curiosidad. En algún momento le dijo que le interesaba la fotografía y su tío le comentó que en Nueva York podía estudiarla, que era la capital de los fotógrafos. 

-Cuando te mudaste ¿ya sabías inglés?

-No, no sabía nada. Sin embargo crecí en Ensenada, Baja California y escuchaba a los extranjeros seguido. Quizá sin darme cuenta iba entrenando mi oído para ese idioma.

-¿Qué dijo tu mamá cuándo te casaste?-me pregunta Chepis con curiosidad.

-Mi mamá se enojo, pero a la vez fue un alivio. Eran muchas bocas que mantener. Y aunque yo trabajaba era poco lo que podía aportar.

-¿Todavía sigue enojada tu mamá? ¿Cómo resolvieron ese asunto?

Pienso en lo que dice Chepis, sería chistoso que mi mamá siguera enojada después de veintiocho años. Y a la vez, la cantidad de “obligaciones” que me ubiera ahorrado si así hubiera sido.

-No, mi mamá se enojo, pero se le tuvo que pasar pronto. Desde que nos mudamos nos encargamos de ayudar a la familia económicamente.

-¿Eres la mayor, cuántos hermanos tienes?-pregunta Chepis

-Sí, soy la mayor, somos cinco.

-Y de pequeña tu papá no estaba ¿y tu mamá que hacía?

-Mi mamá trabajaba todo el tiempo

-Pero cuando mamá llegaba del trabajo…¿jugaba contigo, o te ayudaba en las tareas, te abrazaba, era buena madre?

-No. Yo estaba encargada de la casa y mis hermanos, era la figura materna que podía ofrecer y me tomaba muy en serio mi trabajo. Ayudaba con tareas, siempre fui la maestra. Iba a sus juntas, les celebraba sus cumpleaños, me encargaba de planear navidades, graduaciones, picnics.  

-Cuéntame de tus hermanos ¿dónde viven? ¿se frecuentan? Platícame si tienen reuniones o cada cuanto se ven.

-Sí, nos reunimos seguido. Cuando mi mamá vivió en San Miguel comíamos juntos una vez a la semana, ahora nos reunimos en todas las celebraciones. Normalmente las fiestas son en mi casa.

La puerta se abre cautelosamente, Chepis hace una mueca para que se vayan. Una mujer dice bajito que ya están listos para mi.

-¿A qué se dedican tus hermanos?-me pregunta

-Dos de mis hermanos viven en Ensenada, uno tiene una barbería y mi hermana se dedica a algo de desarrollo sustentable. Dos hermanos viven aquí.

-¿Qué hacen ellos?¿Les hablas?

-Sí, claro. Mi hermano es maestro, él estudió en Nueva York. Tiene una licenciatura en historia universal. Mi hermana tiene dos niños pequeños y se dedica  a ellos. 

-¿Tú la mantienes o le cuídas a sus hijos?

-No, ella tiene una pareja que le ayuda económicamente.

-¿Tu hermano se fué a Estados Unidos antes que tú?

-No-contesto-mi hermano llegó años después.

-Te ves orgullosa de tu hermano-me dice, sin esperar respuesta. Mira América, tú eres una niña abandonada. Tu mamá no se preocupó por tí y no te dió lo que necesitabas para desarrollarte como adulto. Yo te veo como una persona llena de estrés, una persona que está a punto de tener un episodio, puede ser un bloqueo mental y cuando eso te pase, no te va a gustar. Puedes tener un derrame, un paro, lagunas mentales. Yo no te puedo recomendar para este trabajo. Yo te veo como una persona al límite, sin nada más que dar. 

-Nadie más me vé así. Yo soy una persona confiable, leal, íntegra. Mis traumas, como usted los llama, no afectan mi desarrollo profesional. Usted me dice que estoy agotada, pero yo necesito seguir trabajando. Tengo dos hijos universitarios que aún dependen de mí-exclamo firmemente, pero sueno más a súplica.

-Tú necesitas un descanso, terapia quizá. Yo te la ofrecería, pero estoy muy ocupada con los asuntos de la escuela. Te puedo recomendar a alguien, es una psicóloga muy buena, pero cobra como $1,200 por sesión. 

-Gracias, quizá más adelante. Por ahora necesito seguir viviendo por mis hijos, después, si lo considero, tomaré su consejo y me atenderé.

-Platícame de tu marido ¿él te apoya, es una pareja, cómo es su relación? 

-Mi marido y yo llevamos una relación buena. Somos buenos amigos y nos respetamos. 

-¿Siempre ha sido así? -me dice con desconfianza

-No-recuerdo con resignación-mientras viviamos en Nueva York, él estaba siempre ocupado, indispuesto. Trabajaba muchas horas.

-Cuándo regresaba del trabajo ¿te dedicaba tiempo, jugaba con los hijos?

-No-contesto-él era fotógrafo de bodas, trabajaba hasta catorce horas al día. Llegaba de madrugada, siempre cansado.

Me siento interrogada, como que algo me fuerza a ser honesta. Siempre me ha costado trabajo poner límites entre la verdad y la discreción. Creí que ya había aprendido a frenarme a la hora de compartir, pero no es así y pienso que ella lo sabe. Me siento inevitablemente desnuda, como cuando limpias un espejo manchado y parece que te ves por primera vez. 

-Cuando tu marido descansaba ¿salían juntos, los llevaba a pasear? Quiero decir ¿era un papá presente?

-Yo le insistía para que estuviera ahí, y creara memorias-confieso con pena-no lo hacía de buena gana, ni entendía la importancia de pasar tiempo con ellos. Recuerdo que en verano los llevábamos a nadar al mar a las seis de la mañana, para que le diera tiempo de salir a su trabajo. Me aseguré de que les enseñara a jugar basquet, a patinar, a andar en bicicleta, a bailar. Para mí eso era importante y sabía que yo no se los podía dar. 

-¿Por qué regresaron a México y se mudaron a San Miguel?

-El plan siempre fué regresar. Desde el principio. Solo queríamos juntar dinero y regresar a estudiar. Cuando nacieron mis hijos, todo se puso en pausa, sin embargo los crié bilingues, sabiendo que volveríamos.

-¿Todos estuvieron de acuerdo en mudarse a México?-me pregunta-¿se adaptaron fácilmente?

-Mi hijo y yo sí, mi esposo y mi hija no. 

-¿Por qué dices que tu esposo no se podía adaptar?

-Pienso que fué porque él solo se dedicaba a trabajar, aquí tenía tiempo libre y no sabía cómo ser papá. 

-Tú juraste que jamás serías como tu mamá o tu papá. Que harías todo para no repetir sus errores ¿verdad? Y sin embargo, les diste a tus hijos un papá ausente e indispuesto ¿te das cuenta? ¿por qué lo hiciste? No solo eso, tú te casaste con tu madre. Repetiste el mismo patrón de querer, de dar y no recibir.

Trato de pensar en lo azul del mar, en esa bella puesta de sol que me regaló la tierra que me vió nacer. Intento transportarme a un recuerdo feliz, que ahogue las lágrimas que estoy conteniendo. Pero ella lo vé. Lo vé en el temblar de mis ojos, en mi falta de compostura, en mi respirar trabado y me sigue indagando

-¿Qué te duele? -me pregunta desarmándome

-Me duele el pasado y llevo muchos años tratando de resolverlo. No quiero enfrentarlo, porque es volver a sufrir, solo quiero alejarme de la gente que me ha lastimado. No van a cambiar y no espero nada de ellos. Mi relación con mi madre es cordial, estoy al pendiente de ella y es una obligación que cumplo con cautela. Mi marido se esmera día a día en mejorar.

-¿Han mejorado las cosas ahora? ¿Cómo se porta él?

-Mi esposo ha cambiado mucho. Es una persona muy distinta-contesto guardándome los detalles.

-¿Qué lo ha hecho cambiar? 

-Creo que más bien he cambiado yo, ahora exijo respeto y espacio. Él ha tenido que dejar el control y malas maneras. Ahora salgo, tengo amistades y sobre todo, busco realizar cosas que me llenan y me ayudan a crecer.

-¿A qué cosas te refieres, qué haces diferente?

-Me doy un tiempo para escribir, estoy en un taller de narración y estoy explorando este lado de mí. 

-¡Qué bueno que lo estás haciendo América! 

Chepis se pone de pié y su silla cruje. Su cuerpo parece tan diminuto, pero tenso como liga. Las leves deformidades que me habían hecho tratarla con mayor consideración y respeto, ahora me parecen irónicas. 

-América-dice, como escupiendo mi nombre-tú has sido madre de tu madre, de tus hermanos, de tu esposo y de tus hijos. ¿Cuándo vas a ser tu propia madre? ¿Cuándo vas a querete, cuídarte y darte tu lugar? 

Chepis se acerca un poco más a mí, puedo sentir un burbujeo en su sangre, mientras un pequeño tic le hace aletear el ojo izquierdo.

-Necesito que entiendas que tu no estás bien y que es hora de que los demás se encarguen de tí. Es hora de que te brinden un hogar, te alimenten,  y protejan. Te tienes que dejar cuidar y querer ¿si me estás ententendiendo? Necesito que antes de irte me repitas que entendiste, que te vas a encargar de ti.

Yo estoy ahogada en llantos reprimidos, no soy capaz de enunciar una palabra. Mientras ella me contempla con una mueca triunfal. Me toma un par de minutos recuperar mi temple y compostura. Siguen tocando a la puerta llamándome por mi nombre y diciendo que ya es hora. Tomo en mi mano firmemente la tiesa y torcida mano de Chepis, y salgo…para la segunda parte de  mi entrevista.