El tumultuoso fango
aún acuoso, aun caliente
se mueve hacia la ciudad.

“La tarde es un grifo”

Una charla casual


1
No hubo otro remedio que cerrar las puertas, echar llave sobre los postigos y esperar a que
el aguacero menguara. En la radio los pronósticos del tiempo eran confusos, lo mismo se
aseguraba que la tarde escamparía, y otros, que la tormenta no iba a cesar. Fernando echó
un último vistazo a los anaqueles, ahora en penumbra, haciendo un esfuerzo apartó la vista
y salió de ahí. Se ajustó el sombrero, ciñó el cinturón de la gabardina, con paraguas en
mano salió a la intemperie negra y gotas largas.
Caminó por el bulevar sin esquivar los charcos, sin mirar mas que de frente, con las
quijadas duras y el ánimo sombrío, porque regresar a casa en pleno día se lo había
prohibido desde que su madre falleciera; interpretaba el sonido opaco de las habitaciones
con la mezcla de luz entrando por las ventanas como la herencia del último residuo de
Josefina, su madre. Esta imagen ofrendaba permanencia en la casa vacía. Casi a diario,
desde su librería, mientras ordenaba y reordenaba los anaqueles con libros, se sustraía para
imaginarla leyendo en la mecedora, junto a la ventana de la biblioteca, bebiendo vino y
hablando con sus personajes. Porque Josefina habló mucho, todo el tiempo habló, más
cuando el agudo sentido de identificación la llevaba a encarnar sobre su cuerpo enjuto las
pasiones maliciosas de faunos y cortesanas, o en el holocausto del absurdo lloraba sin
reticencia. En esta alquimia ella vertía su pasado aderezándolo con la osadía de las voces
impresas. Nada en la casa, ni las fotografías, ni el armario, ni los objetos sobre las mesas
hacían de ancla para sujetarla al presente, para incorporarla sobre la lenta cotidianeidad de
los días; antes, más bien, redefinía a partir de una silueta o de un tono, el nacimiento
espontáneo de geografías vaporosas para la fuga de un ángel despiadado o bosques
marinos para esconder el cuerpo maltrecho de una joven pasión. Al traspasar el umbral de
las hojas empastadas, ella descendía hasta dejar de ser única, multiplicándose con fervor en todas las voces, en todos los ámbitos probables de la totalidad humana. Voces, voces con
firmamentos, sin iris, lunares, violáceas, sepulcrales, voces niñas, gritos de jaguares,
acantilados de murmullos.
2
─ Ha visto por casualidad a don Fernando Viniers─ Teodoro va andando con el
recuento de los habitantes de su tierra, inventariando con los nombres, las historias y el
cúmulo de su trascendencia. Durante años ha anotado en su particular cuaderno la vida de
cada uno de los mortales de este pueblo. Sobre palabras los ha conformado y confinado.
Nadie escapa a la lectura de su escrutinio. De la simplicidad de las calles, kiosco de la plaza
y las reuniones Teodoro ha visto y previsto el lento curso de la vida en el pueblo Fortuna.
Ciento veinte cuadernos se han sumado en las gavetas de los libreros de su casa. Con
orden cronológico y subdivisiones trascendentales; estos cuadernos acuñan la realidad
indeleble de Fortuna.
─ Al Sr. Viniers lo vi cerrar la puerta de la librería alrededor de las doce del mediodía.
Después Don Nicolás lo vio acercarse a la avenida de los Cipreses.
─ Es extraño que haya hecho el recorrido más largo para llegar a su casa bajo la furia
de la tormenta─ Teodoro pensó en voz alta esta observación y de inmediato aludió un
pendiente para desvanecer su intromisión. Se despidió cortésmente y se encaminó hacia
casa del Sr. Viniers, con el entrecejo fruncido, calculando no dar pasos apresurados a la
vista de los transeúntes, pues sus pesquicias le gustaba realizarlas con absoluta
individualidad. Una que otra pregunta casual eran suficientes para atar cabos y anotarlos.
Sin embargo, la vida de Fernando está marcada con frases alteradas, los paréntesis y hasta
las palabras dubitativas, subrayadas y tachonadas. En torno a él, sus cuadernos han sido
mancillados de su pulcritud. Teodoro ha tenido que doblegar su escrupuloso rigor ante los
renglones de la familia Viniers. Al paso de los años, con golpes sobre el escritorio y una
creciente irritación, no atina a ceñir esta historia a modo de una exposición clara y
subsecuente del devenir aceptable de años de acecho.
Al llegar a la esquina con la calle Séneca, Teodoro se detiene, un remolino de aire frío
lo rodea, le cierra el paso, le hace temblar y darse cuenta que ha caminado cinco cuadras
con el aire contenido en las fosas nasales y que los pulmones están a reventar. A lo lejos,
logra divisar que la casa de Fernando Viniers está a oscuras, que la lámpara de la puerta de entrada no ha sido encendida, que en vano sería llegar hasta allá, que han sonado las ocho
campanadas de la iglesia y que la mayor parte de los habitantes han encendido sus
chimeneas y apenas tendrá tiempo de llegar a casa de su hermana. Patea el poste del
alumbrado, con un deseo insatisfecho da vuelta y regresa por donde vino, merodeando en
cada calle, buscando encontrar la sombra de Viniers, para correr hacia él y preguntarle cómo
es que ha logrado ausentarse de Fortuna en medio de la tormenta. Sería tan conveniente
que al menos por esta ocasión el Sr. le diera la oportunidad de anotarlo como Dios manda
en su historia, que le diera dos renglones limpios y escuetos de su día en medio de la
tormenta. De no haber estado en la librería el día anterior Teodoro no estaría padeciendo
este malestar por su ausencia, pero ayer mismo había pasado a visitarlo con el pretexto de
adquirir algún fascículo religioso, moviéndose lentamente por entre los anaqueles, para dar
tiempo a una charla casual. Hojeando periódicos y revistas Teodoro comentaba pequeños
incidentes, sólo para confirmar que el Sr. Viniers vive ajeno a Fortuna, con una doble mirada,
algo escondido en su entrecejo y las pestañas brilla con una luz distinta, que se abulta y se
mueve sin conexión con los gestos y las palabras.
─ Si mi memoria no me falla aun, creo que dentro de tres días será el tercer
aniversario mortuorio de su madre Josefina. Y si Ud. me lo permite, me gustaría mandar
ofrecer una misa con coro, en su memoria.
─ A Josefina le gustaría mucho.
─ ¿Perdón?
─ Imagino que las voces las escuchará donde quiera que se encuentre su alma. Mi
madre fue y seguirá siendo una atenta escucha del canto, sin duda alguna ─ Fernando ya no
mira a Teodoro, se ha internado por los pasillos, andando con los hombros caídos.
Si bien ésta es la estampa de él, Teodoro cree percibir el golpeteo de unas entrañas
que desafían las paredes musculares para estallar.
Después de la tormenta, por las calles se ven hombres y mujeres caminando
despacio, reseñando los estropicios que dejó la tormenta, comentando el pasado inmediato,
como un sello que da a la historia un ritmo distinto: vidrios rotos, cables y árboles tronchados
aparecen como un espectáculo nocturno a nombrar. Hay pasados que se duermen en las

calles y otros aletean en las ventanas, y a estos, cada cual los mira desde adentro, sin
mención ni aspaviento.

3
Mientras la lluvia le iba golpeando el rostro, Fernando dejó que su mente caminara hacia
atrás, a un instante del pasado cuando siendo adolescente, llegó un día a casa antes de las
cuatro de la tarde y al abrir la puerta de nogal, un grito salió huyendo detrás de las paredes
de la alcoba de su madre. Este grito llevaba prisa, corrió hasta la terraza y desde ahí lanzó el
vuelo. Fue un grito azul, largo y delgado, pero despavorido. Fernando vio su aleteo cruzar el
cielo. Seguido de él, la casa cimbró una mueca y luego Josefina entonó una voz
omnisciente… no hay cielo seguro para los sabios… Desde ese momento comenzó a
espiarla a distintas horas, escondiéndose en los rincones del jardín y detrás de las cortinas.
Una fiebre se apoderó de su mente, convirtiéndolo en un cazador sediento de los pozos por
donde navegaba su madre horas sin pausa. Fue así como descubrió la sombra, a las voces
dueñas del misterio y de la garganta de la viuda.
Antes de ese mediodía, sólo había sentido un cosquilleo sutil de unos ecos paseando
por el pasillo y el baño, un cuchicheo risueño, unas pisadas saltarinas, pero… nada. La casa
y Josefina no parecían reparar en algo ajeno a sí mismas, por lo que Fernando los atribuía a
su propio desasosiego. La muerte temprana de su padre lo llevó hasta la orilla de un mar
revuelto, que en las noches crecía a base de lágrimas y puños húmedos. Mientras su madre
leía en voz alta.
Entender este murmullo recortado le costó un entrecejo prematuro y una fingida
complacencia. Su madre guardó un luto extemporáneo, los negros llegaron por sí solos a
grises y las canas despintaron su cabellera sin que el tiempo pareciera correr. Las rutinas
escolares, la visita de la tía Raquel y los sábados en los parques se aglutinaron en un
candelario sin estaciones. De vez en cuando un pantalón insolente ya no daba la talla o en el
espejo amanecía un furúnculo volcánico, entonces Josefina hablaba de la historia, de la
propia y de la ajena, y después de horas de soliloquios, tomaba su bolso, la mano de
Fernando y lo llevaba a la calle en busca de algo así como una respuesta a este chico que
intermitentemente entraba y salía de su alcoba.

Fue también hasta la adolescencia cuando él supo ocupar un aliento cercano a ella,
cuando se acercaba a besarla y leí en voz alta los tres primeros renglones del libro sobre su
regazo. Josefina iluminaba la habitación con una sonrisa y enseguida con distinta voz los
siguientes párrafos, alejándose, yéndose hasta dejarlo completamente solo. Entonces él se
marchaba a su habitación, también quería fugarse y no volver a pisar los huecos de la casa.
Pero tras los muros y bajo sus pies se sentía el serpentear eléctrico de las voces, yendo,
chocando, arrancándole a la tinta su sangre.
Nunca se marchó. Se quedó con su madre, incorporando las voces omnipresentes de
los libros.

Los muertos ya flotan
1
Al llegar Fernando a la avenida de los Cipreses se detuvo a contemplar la caída de agua por
las bocas de las gárgolas, cuando detrás de la densa niebla vio la sombra de una figura que
corría con los brazos extendidos hacia el cielo. Rojo. Creyó que el impermeable de la
sombra era rojo, sin embargo, se esfumó antes de que pudiera registrar la imagen completa.
¿Por qué rojo? Cómo una sombra nebulosa podía ser roja y no gris ni azul. El rojo, o el
deseo de que hubiese sido roja esa sombra lo acorraló, paralizándolo la intención de seguir
su camino. Y ahí, debajo del atroz aguacero se quedó suspendido entre aleteos de recuerdo
y el frío. En el temblor de su cuerpo se fue colando un advenimiento suave, un paso atrás.
Las gotas se convirtieron en esferas, el viento giró sobre sí mismo hasta arrebatarle el
paraguas y el sombrero, entonces supo que Josefina estaba cerca.
Entre las esferas que flotan podía escuchar las voces de las hojas empastadas – ya
no hay pájaros, ya no vendrán y el aire se ahogó – esta voz, este eco revoloteó lentamente
cerca de su oído, hasta que un movimiento involuntario de Fernando hizo que las esferas
cayeran la suelo, estallando y diluyéndose sobre los charcos, dejándolos iluminados y
palpitantes.
La avenida de los Cipreses y el destino se ahogaron en la tormenta y con muda
aceptación se fue internando en el bosque, temblando de frío y de miedo.
A cada paso las huellas se hundían en el fango.

La tarde es un grifo. Los techos ya no soportan más el tedio de tanta agua cayendo.
La voz de Josefina apareció entre el ramaje, cadenciosa. Fernando la escuchó tan clara
como hace años en su habitación, acurrucado, escuchando detrás de la pared la lacónica
voz de su madre. Entonces corría a su cama, para cobijarse, temiendo que las gotas
empezaran a caer y ambos naufragaran. Los cristales de la ventana imitaban el estruendo
de crepitar del agua bajando por los techos. La voz de Josefina ululaba. Las voces habitaban
la casa empapándola.
Un viento tembloroso lo tomó de la mano, asiéndolo con urgencia, jalándolo para
alargar el paso – la calle, la calle se abre. Corre – en ese instante sintió cómo el último
vestigio del presente se le desprendía del cuerpo, dejándolo correr ya sin freno, ya sin
referencia hasta su madre.
Dos niños le salieron al paso, gritando su nombre. Iban cubiertos con pedazos de
plástico derruido y unas botas negras más altas que sus rodillas.
─ ¿Dónde está Josefina?
─ La hemos perdido, nadie sabe de ella y el pueblo se nos va, se nos va…
Se abrió paso entre ellos, sabiendo bien adónde dirigirse. Pero de ahí en adelante él y
su cuerpo estarían desprovistos de amparo, cesarían las voces y el fango se iría abriendo
como una garganta para devorarlo. Los escalofríos saltaban dentro de su piel, queriendo
escaparse, evitando ser devorados, pero la fuerza de los músculos se echó a andar con la
determinación de un llamado visceral. La espesura de la niebla la fue cortando con gritos,
que al salir de la boca le abrían brecha por dónde pasar. La noche estaba cerrada en su
negrura, sin luna, sin estrellas. Sólo en ciertas hojas de los árboles, de vez en cuando,
brincaban unas luces amarillas, guiándolo, pero también jugando a ser ardillas. No podía
fiarse de ellas, aunque su angustia hubiera querido darles alcance. Intentó calcular,
basándose en el dolor de sus piernas cuánto había avanzado en dirección al despeñadero, a
esa herida de la montaña en donde encontraría a Josefina, llorando. Sin embargo, por
primera vez el dolor le fue ajeno, la fatiga no terciaba con el tiempo, porque tampoco eran
los músculos de su edad, sino los de una adolescencia dejada atrás, que impulsiva iba
aventando lodo sin chistar.

Detrás del último árbol reconoció el impermeable rojo, agazapado, como un nudo de
arbustos. Ahí estaba ella.
Caminó hacia ella bordeando el peñasco. Cuando estuvo cerca se detuvo, se inclinó
suavemente y le tomó los hombros para sujetarle el temblor. – Siéntate – la voz provino de
una burbuja, de un núcleo emergiendo sobre el llano. – Nuestros muertos ya flotan por las
calles, el fango los ha desenterrado y la lluvia se los lleva. Si la muerte se va, si las raíces
abandonan sus nidos, ¿adónde iremos?
Fernando aun no veía su rostro, pero hizo el recorrido de las lágrimas juntándose con
las comisuras de la boca, vio además los pómulos como dos montes de acero atrapados en
la piel.
─ La muerte no está en los huesos, la muerte está llorando allá abajo, en las casas.
Vamos. Habrás que volver a empezar ─ la alzó en vilo y con ella en brazos volvió,
internándose en la oscuridad del bosque.
Desde que el diluvio se desatara, fue imposible nombrar el tiempo, pues una vez roto
el ciclo de la claridad, empezaron a olvidar cómo dar orden a la sucesión de hechos.
Fernando camina a tropezones, ciego para ver la luz plateada sobre las piedras,
incapaz de esquivar surcos ni ramas caídas, pues él ya no se pertenece, él está en el
huracán de la inconsciencia y de su cuerpo sólo recuerda la angustia metida en la cama,
sometida a sombras pululantes de palabras. El cuerpo de ella encaramado sobre su pecho,
se va haciendo pequeño, liviano, incorpóreo.
¿Qué es la primavera? ¿Cómo se ve la ceniza desperdigada en los campos? Dime
por qué mi pueblo germinó en la oscuridad de una tierra inundada. Josefina le habla a
Fernando mientras se ciñe a su pecho, hablándole al polvo imaginado, le habla de un dios
despierto mientras descienden la colina, luchando contra la fuerza de gravedad. Él no la
escucha, pues dentro de su masa cerebral están en pugna varias realidades concomitantes.
Espectros iracundos buscan encarnarse en alguna posición terrenal para salir del saco
robusto de las sombras a las que él ha alimentado con férreo engaño, donde ha podido
depositar a modo de despojo la infancia dislocada, sin facciones.
A los pies de Fernando se deslizan sobre el fango y a modo de tablas los árboles
caídos, para sostenerlo de su apremiante derrumbe.

La oscuridad es la misma. Esta tormenta no reconoce esquema ni sucesión, se
manifiesta en una continuidad avasallante, hasta que de pronto, cesa.

Ana Mateos