La Ventana Está Abierta
Una rendija
La ventana está abierta. Siempre lo está. Me siento tras de ella en la espera de la
quimera, de ese algo que haga que las palabras se impriman en una hoja de papel. Miro
hacia afuera con su agitado mundo exterior, su vocación por lo inesperado; viento,
pájaros, ladridos, nubes. Las horas en que el sol recorre su horizonte hasta besar la
oscuridad. Yo, impávida, me acojo al imperio del silencio. El remolino de la vida se
crespa. Pero el vacío devora las palabras para que germinen. Preciso del embate, de
provocar en las vísceras una pauta que alimente una y otra.
Es lunes. Uno más.
Tras de mí escucho la llegada de un auto. Inusual. Con parsimonia me levanto
para comprobar que alguien ha llegado. Es un auto viejo, gris sin ningún indicio familiar.
Espero. La portezuela delantera se abre y de ella desciende un hombre anciano.
Camina, llega a la puerta y toca. No imagina que lo estoy observando. Espero unos
minutos tratando de reconocerlo. Vuelve a llamar. Esta vez con más firmeza. Por extraño
que parezca no respondo. A pesar de que mi hastío lo amerita, dudo.
─Isabel sé que estás ahí. Abre ya.
La voz, la voz sí me hace reaccionar. Trasladándome a un espacio abandonado y
recóndito. El escalofrío sube de las plantas de los pies hasta las sienes.
─No me hagas esperar más.
Con dificultad me aproximo a la puerta y la abro. Una oleada de aire caliente me
azota.
─¿Qué haces aquí?
─Déjame entrar. El viaje ha sido un suplicio.
Cedo el paso. Lo miro de arriba hacia abajo. Mientras el corazón se convulsiona.
Erasmo Huerta. Dolor, estupidez. Lejanía.
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─No sé por qué tienes esa cara de susto. Sólo vine a recoger lo que me
pertenece. Sí, han pasado muchos años, pero una promesa es una promesa y tú la
pactaste. Dame un vaso de vino. Estoy rendido.
Entró a la casa, miró alrededor y se dejó caer en sofá. Yo aún, estupefacta no
atino a dar un paso ninguna dirección. Erasmo Huerta, repetí para mis adentro. Con un
torbellino de recuerdos convulsos y sudor en las sienes.
─Erasmo ¿qué quieres?
─Lo que me pertenece.
─Han pasado diez años.
─¿Y?
─Ya no soy la misma.
─¿Y?
─No puedo darte nada.
─Eso lo veremos. Porque no pienso salir de aquí.
Me dirijo a la cocina, busco unas copas, elijo un vino, tropezando con todo. Fuera
de mí y al mismo tiempo haciendo presente aquel pasado plagado de imágenes
delirantes. Sepultadas a lodo y hierba, a lágrimas y silencios.
Mientras acerco las copas, la botella y un cenicero, mi mente se fuga. Diez años
atrás este hombre, sin medir consecuencia, me hizo su esclava emocional, hasta
perturbar la paz y los sueños de una adolescente. Sí. A su insolente diatriba de la vida.
La dominación. De reojo miro mi ventana abierta y vi que una tormenta en ciernes se
aproximaba.
─Isabel, espero que todo este tiempo hayas tenido en cuenta la promesa que me
hiciste. “Seré tuya hasta la muerte”
─Pero, Erasmo tú me abandonaste. Justo cuando más te necesité.
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─La vida no son renglones ordenados. El clamor por un mundo más justo me
engatusó. Años de batallas alternas y pérdidas por doquier. Pero tú siempre fuiste mi
faro para el regreso. El tiempo, los años nunca opacaron tu promesa. Y aquí estoy, tuyo
hasta la muerte.
Me siento, sirvo las copas, suspiro. Él me mira sin benevolencia.
─Perdí a tu hijo. Nació muerto. Y yo tras de él. Luego, la soledad, el hambre, la
incertidumbre. Diez años desamparada, luchando por lo indescifrable. Y ahora llegas y
punto. No Erasmo, ya no. Ya morí antes que tú.
─Isabel, no sé qué ha sido de tu vida durante diez años, quizás tú me imaginabas
en campos de batalla, banderas y gritos de libertad. No. No fue así. Un cuarto lúgubre,
nauseabundo y frío fue mi destino. Traición. Ya ni siquiera tengo lágrimas, ni estómago,
ni fuerzas. Lo único que me sostuvo fue tu promesa. Lo miro con reticencia. Sus
palabras suenan convincentes, su cuerpo delata el dolor, su rostro añoso es la evidencia
de que dice la verdad. Sin embargo, la armadura que me envuelve ya no cede.
Sorbo mi copa, él empina la suya hasta la última gota. Se sirve más. Cierra los
ojos y echa hacia atrás el cuello. Estampa perfecta de la derrota.
─¿Qué pasó con Mika?
Él abre los ojos, mira la ventana, me esquiva. Un volcán de sentimientos hace
erupción en mi vientre. Di en el calvo. Por fin logré abrir la puerta que durante años me
mantuvo atrapada. Ella, Mika, me encerró en el calabozo de los celos, la ira y la
impotencia. Se presentó como amiga, como aliada. Iba y venía a nuestra vida con
alboroto y flores, cantando y abrazando todo. Isabel te adoro, decía cada día. Yo, desde
mi orfandad, me dejé envolver con asombro. Ella y Erasmo me daban un sentido de
pertenencia nunca antes existido. Hasta que…
─Te he hecho una pregunta. Respóndeme.
─Ella murió.
─¿Cuándo?
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Mi pregunta retumbó en la habitación. El silencio se hizo denso. Toqué una llaga
no atendida. Erasmo tomó la botella y la bebió hasta dar con el fondo. Esperé. El alcohol
sería mi emisario. Me levanté, abrí otra botella y la puse cerca de su brazo, a modo de
reducir el tiempo de la respuesta. En tanto, mi cuerpo ha cambiado de postura, de
emociones y de expectativas. Porque en mi recuento personal, ella me despojó el futuro.
Con astucia inaudita. Y ahora está muerta.
─Murió de un ataque al corazón – susurró.
─¿Dónde estabas tú? – insistí.
─Lejos, muy lejos.
─Y, ¿dónde estaba ella? Basta Erasmo, tú y ella me robaron la vida. Me dejaste
embarazada y te fuiste, se fueron. ¿Qué quieres que sienta?
─Isabel tu historia no es la historia. Déjame en descansar en paz.
─Quiero que te marches ahora mismo. Quiero mi soledad y mi “historia”
─Isabel, Isabel eres la misma.
La lluvia finalmente se hizo presente. Truenos y relámpagos hicieron de la
ventana un ser vivo. La casa se convirtió en una penumbra destellante. Un espacio de
oscuridad con ases de luz momentáneas, como mi memoria.
Mika llegó a nuestra vida de forma casual, como vecina, como mujer atrevida y
entusiasta. Que de inmediato nos leyó: mi orfandad, la indignación de Erasmo por la
injusticia y la loca idea de hacer este mundo mejor. Descubrió en mí no sólo la inocencia,
pero también mi resistencia a la actividad proselitista, dada mi condición de huérfana y
sedienta de apegos. El mundo más allá de mis puertas era aterrador. Mika lo supo desde
siempre. Yo no.
─¿Qué haces aquí? ─ mi voz es otro estruendo.
─Isabel, vengo en son de paz. Quiero que sepas que te he amado siempre.
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─No lo creo. Tú y Mika me traicionaron. Urdieron un plan perfecto para
abandonarme. Lo lograron. Y ahora estás aquí pidiendo piedad. Vete. Me escuchas,
vete.
La tarde se ensombrece. Las copas vacías. Y mi vida en vilo. Mis padres murieron
cuando yo tenía dos años de edad. Suficientes para recordarlos, insuficientes para
comprender. El orfanato, la tristeza y el anhelo fueron fundamentos en mi historia. A los
dieciocho años me colocaron en una casa de servicio, con alimento, casa y cobijo, aún
así la intemperie me acompañó. Hasta que una mañana, sentada en la banca del
parque, él se acercó y mirándome directo a los ojos, dijo: ─Estás muy sola. Te he
observado por días. Te ofrezco mi casa, mi compañía y mi cariño─ Con las quijadas
trabadas ante sus palabras, mis manos forcejeaban entre sí. Me levanté y sin mediar
ningún entendimiento comencé a caminar junto a Erasmo. Un viento fresco me
acariciaba el rostro, provocando en mi cuerpo sensaciones de ligereza e inconciencia.
Atravesamos calles, bulevares y fuentes hasta llegar a una casa azul, pequeña y
rodeada de árboles y follaje. Abrió la puerta, me dejó pasar ─ Esta es tu casa desde
ahora─ Aturdida, comencé a mirar alrededor. Un espacio amplio, luminoso, pocos
muebles y un aroma a dicha me dieron la bienvenida.
─¿En qué piensas Isabel?
La pregunta me cimbró. Pues, efectivamente ya no estaba ahí, presente. El hilo
del pasado me lazó, arrastrándome al inicio de todo, de la lejana época bienestar e
ilusiones.
─Quisiera decirte que te odio. A Mika. A mí misma. No entiendo la vida.
─Para Isabel, para. Mika no tiene nada que ver entre tú y yo. Ella fue mi media
hermana. Abandonada y además hostigada por sus padres. La vida nos puso de frente.
Fue difícil atar los cabos, pero logramos engarzar que su padre fue mi padre y que
jamás la reconoció. Mi madre hablaba de ella como un engendro que oscureció su vida.
Mi padre nunca la aceptó. Los años pasaron y en esta ciudad pequeña se dieron las
circunstancias para vernos de frente y reconocernos como hermanos, medios hermanos.
Tú ya estabas en el centro de mi vida, más mis ideales y la sofocación. Huimos juntos
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porque así tenía que ser. Ella era mí guía. Evitamos que tú fueras cómplice incauto de
nuestro destino. Mika dio su vida. Yo lo intenté. Pero tu promesa me sostuvo.
El hielo comenzó a derretirse. Afuera, la tormenta arrecia, mientras el humo
dentro de la casa se hace espeso y sofocante.
─Soy estúpida. Qué acaso no habría podido entender.
─Isabel, sólo quise protegerte.
─Imbécil. Me traicionaste. Los dos me mintieron. ¿Qué puedo esperar? Tardaste
diez años en regresar. Ni una sola nota, ni solo atisbo de lo qué pasaba. Yo, sin hijo, sin
familia, sin esperanza. Lárgate.
─Lo siento no con el alma, sin con todo mi ser.
─Erasmo, llegas muy tarde. A lo largo de estos años aprendí a sortear los días,
los meses, la amargura. Escribo. Al menos eso intento. Las palabras, las imágenes
pugnan por alejarse de mí. De ti. De ella. Del pasado.
Me veo, me siento como una mujer a la que le han quitado la venda de los ojos.
Logro ver, distinguir entre mis carencias y la vida real. La orfandad hinca raíces muy
profundas, se nutre de gotas efímeras que provocan falsedades. Mi celo, mi mente febril
hizo de Mika el instrumento perfecto para culpar mi devenir.
─Isabel, mírame. Estoy aquí vomitando lo que soy. Al igual que tú, crecí en medio
del caos. Las calles y el desamparo fueron mis cómplices. Una madre aturdida por la
infidelidad. Un padre absorto en conjuros de ideales y maldiciones. Puertas abiertas,
hambre y total confusión. Cuando de te vi por primera vez en el la banca del parque
supe, intuí que eras como yo. Solitaria e indefensa. Durante días alimenté la fantasía de
lograr un equilibrio, de un estar acompañados pese a todo. Una rendija para el futuro.
Tomé otro sorbo. Su versión de la historia me es ajena, tan confusa que quedé
muda por mucho tiempo. Y sí, sí éramos un par de solitarios hasta que llegó Mika. Un
día cualquiera, miramos desde la ventana cuando se estacionó una camioneta roja y
comenzó a bajar cajas, maletas, plantas y un colchón. La casa de enfrente había estado
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deshabitada por mucho tiempo, así que su llegada fue notoria. Pasados unos días,
Erasmo y yo nos presentamos con ella, y casi ni nos volteó a ver. Pero días después se
presentó ante nosotros con un ramo de flores y una amplia sonrisa en su rostro. Ella y
Erasmo se miraron fijamente. Yo observé el gesto con displicencia, pues la llegada de
una mujer implica una novedad no exenta de alegría. A partir de entonces, sus visitas
cada vez fueron más frecuentes, más efusivas y bienvenidas. Fueron pasando semanas
y meses en cordial vecindad. Hasta que un día fatal, vi desde la entrada a la casa a
Erasmo y a Mika abrazados. Paralizada, conté los minutos que transcurrían. Fueron
muchos. Esos momentos marcaron el inicio a la entrada al calabozo de los celos y la ira.
Nunca más pude consentir que mis emociones se mantuvieran en paz. Ellos, en cambio,
ni por descuido, dieron señales de alteración. Isabel, te adoro, decía Mika. Isabel eres mi
vida, decía Erasmo. Y yo postrada en el umbral de traición y la orfandad, nuevamente.
Un día de tantos, sin previo aviso, Erasmo me dijo que se iría al campamento por la
causa. Al tiempo que Mika desapareció, dejando todo intacto en su casa.
Han transcurrido diez años. Y hoy él está aquí, ella muerta. Yo también.
─Mika me confesó que pasó años buscándome. Que sabía que tenía en medio
hermano y que mientras viviera lo buscaría. Y sí, me encontró, al tiempo que ella misma
estaba en el movimiento de liberación. Isabel, mi media hermana fue quién me dio el
empuje para salir y realmente combatir. Con el corazón en vilo, el entusiasmo en la
sangre, decidí que era el momento de atreverme. En mi imaginario, supuse meses de
estrategias y glorias postergadas. No fue, así, de inmediato fui capturado por traición y
encarcelado en más desolador escondrijo de la tierra. No sé cuándo, alguien me
comunicó la muerte de Mika. Y siguieron pasando los años. Nunca supe que estabas
embarazada y mucho menos que murió. Ni siquiera sé si todo esto te sirve. Estoy
exhausto, y sin presente.
Yo callo. Es verdad. Todo lo que ha dicho es verdad. ¿Y yo? ¿Yo dónde quedo? El
orfanato me enseñó que el silencio es indispensable para sobrevivir. Callar ha sido mi
única bandera. Lo que no me ensañaron fue a no sentir.
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─Deseo creerte. Pero estás aquí, bebiendo y poniéndome de frente ante mi
fragilidad y no te puedo perdonar. Erasmo cuando cruzaste esta puerta, abriste para mí
las puertas del infierno. Diez años no son poca cosa. Vete.
Nunca nos dimos cuenta de que la noche estaba en pleno apogeo. Oscuridad,
silencio, lluvia y tormenta interna. Las copas y el cenicero están ante nosotros como
testigos del embate. Erasmo apenas logra mantener los ojos abiertos, cabecea y
tiembla, mientras yo he caído en el subterfugio de mi pasado. Me sirvo otra copa,
enciendo otro cigarro, me vuelvo a morder los labios, pues ahora me veo desdibujada.
¿Realmente existo? Por qué nunca pregunté por sus ausencias, sus actividades
nocturnas, su temperamento reservado. No. Nunca hice hincapié en la forma de beber ni
en la obsesión por mantener las puertas cerradas. A ratos, se sentaba frente a mí y me
hacía preguntas sobre mi infancia en el orfanato o de mis ilusiones. Sonría. Yo, dejaba
volar la imaginación, me sentía tan complacida, tan contenida, que el sueño de estar
viviendo una vida propia me era suficiente. Ir al mercado, comprar todo lo necesario,
pasar al parque, darme permiso de vestir a mis anchas, cuidar del jardín, abonar los
nuevos frutos y, a escondidas escribir algún loco escenario fortuito sobre el futuro. Las
semanas se tazaban sin sobresaltos, ni dudas. Confiaba en que él sabía trabajar en algo
importante y que su éxito dependía de mi discreción. Callar. Callar.
Me levanto con cuidado, Erasmo está profundamente dormido. Limpio el cenicero,
cuento las botellas vacías y me acerco a la ventana para ver el destello del amanecer.
En ese instante vuelvo a ver el momento que Mika llegó en su camioneta roja y sus
cajas, sus maletas. Días después logré verla de frente; esbelta, de frente ancha y
movimientos precisos. Una mirada verde y unos labios delgados. Por qué, por qué hoy
rescato estos detalles y lo que siguió después es una neblina, entre alegría y encuentros
fortuitos, siempre con flores y dulces palabras.
─Isabel, ven, acércate. Necesito abrazarte. ¿Qué hora es? – su voz me impidió
recordar lo que vino después.
─Ambos hemos estado prisioneros Erasmo. Tú en un calabozo, yo dentro de mí
misma. No sé qué decir, ni qué esperar.
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─Nos queda un futuro.
─Quisiera creer.
Reprimo el llanto. No estoy segura de lo que ha sido mi amor por él: liberación,
suavidad, desenfado, cobardía, ilusión. Y ahora, habla del futuro, cuando las fuerzas me
han abandonado. Cuando esta casa es también un calabozo azul. Cuando él ya no
puede sostener lo que siempre persiguió. Hoy que mi presente es una ventana abierta y
unas palabras que no dicen nada a nadie. Quisiera acercarme, dejar que me abrace y
dormir. Soñar en el pasado en donde la vida comenzó por primera vez. Cuando esta
casa azul se erigió como un preámbulo al amanecer. El futuro. El futuro. La ventana
abierta no lo divisa.
Los años que han pasado están vestidos de opacidad. De ira contenida, de celos
y soledad. Cómo, cómo le explico a Erasmo que no sobreviví. Que las palabras sobre el
papel ni siquiera atinaron a ser una fuga. Sino un recalcitrante encuentro con la nada.
Hoy está aquí, envejecido, tullido, mendigo de las sobras de lo que pudo ser. Peor aún.
Poniéndome de frente a lo que no logré ser. El parque, el mercado, las compras ya no
fueron participes de una nueva vida. Cómo desperdiciamos la vida. Pensando lo que
hubiera sido. Nada es así. No él, no yo, no lo que está pasando. Sino lo que creímos iba
a ser. La luz de la ventana grita, el viento corre sin premura y yo postrada ante la
dualidad. ¿Qué es la vida? ¿Hoy? ¿O los diez años de espera? Quiero dormir. Quiero no
pensar. Quiero no tazar.
Erasmo duerme. Yo no estoy aquí, sólo en el pasado. ¿Y si Mika estuviera viva?
¿Y si mis padres no hubieran muerto? ¿Sería yo? Me acerco, lo abrazo, como abrazo
todo lo que no he sido. ¿Será suficiente? Las noches en el albergue me proveyeron de
un sinfín de posibilidades y ninguna concuerda con mi realidad.
Ana Mateos