OLVIDO
Fue una tarde de domingo, desde Tortitlán, aquella fonda famosa y antigua, sentada en la sucursal
de Juárez, Ofelia comía en una mesa mirando a la calle; ella en la sombra afuera la luz, tan
cegadora que se preguntó si no habría visto un espejismo; al pasar de súbito frente a sus ojos
aquella visión trágica, el bocado se le atragantó y entre sus lágrimas empañadas, vislumbró aquella
figura borrosa que vendía pachucos junto a su marido; por años se les vio a los dos, sintonizados
hasta la médula, incluso en su caminar parecían un par de piernas y no dos, cual filas de soldados
vistas de perfil, al ritmo de la marcha de algún tambor, por todas las calles de San Miguel vendiendo
su mercancía, que eran nos envueltos de maíz frito, de pollo o picadillo. Tenían ambos la lozanía de
una mañana fresca y soleada. Grandes y robustos, con ese arrebol en las mejillas que caracteriza a
los corazones puros y alegres.
Mas ahora, Ofelia la vio pasar a ella sola, canosa y encorvada; aniquilada por un lastre colosal;
titánico agobio que su alma remolcaba. Aquella aparición fue brutal, vio un ser expulsado,
desterrado de su centro; le faltaba la mitad; visión cruel y devastadora de un fantasma que caminaba
a su lado, sombra que renunciaba a separarse. Desde la penumbra de aquella fonda, vio claramente
la silueta espectral resistiéndose a dejarla ir. El desamor de un fantasma. Fue un momento terrible
de esos que Ofelia nunca había podido tolerar, porque el alma se le inundaba de una lástima
insoportable, de un pesar que iba más allá de lo personal, que trascendía las esferas más íntimas de
la absurda condición humana.
Aquel día, por alguna razón misteriosa pues nunca había una lógica, ella sentía paz, era una de
esas tardes en las que le llegaban como oleadas de felicidad, efímera, como siempre, pero así lo
había aceptado ya, que la alegría brotara siempre en su vida como las olas del mar que llegan a la
orilla y en seguida se arrepienten para luego retroceder cobardemente y alejarse volviendo a su
insondable misterio del océano, y quedaba siempre cuestionándose a donde iría todo, como en esos
momentos se preguntó a donde iría el fantasma del marido de aquella mujer, cuando por fin
entendiera que debía marcharse; todo el dolor de la vida y la muerte se hallaban ahí, frente a ella,
contenidos en aquella figura, casi una silueta, de una aura azul oscuro, profundamente oscuro como
de una tristeza inhumana, que paso ante sus ojos en lo que a ella le pareció una eternidad. Haber
visto a alguien por años rebosando salud y alegría caminar las calles de su ciudad y de pronto
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contemplarla como si hubiese sufrido un terrible accidente y le hubieran amputado parte de cuerpo, y
sin embargo ahora parecía más pesada, cóncava, adolorida de cargar con el vacío, con el peso de la
ausencia.
Ofelia recordó su vida, y sintió envidia de aquella mujer que por lo menos llevaba adentro un dolor;
ella se había vaciado. Tras su mirada pasaron resplandores de aquel día, domingo también,
recordó, en el que ella y Manuel, jóvenes, liberaron aquel gavilancillo que ella había comprado a una
señora en el mercado, en aquellos tiempos en los que llegaban marchantas de los ranchos
vendiendo de todo. Almas entrelazadas desde la primera mirada, aquel miedo insoportable de saber
que ya no hay escapatoria, que alguna vez se sufrirá. Ella le prometió años, muchos años más tarde
que jamás lo dejaría ir, y él sólo dijo entre débiles susurros, que así sería más fácil esperarla allá, a
donde fuera que estaba a punto de partir. Mas la vida se le volvió insoportable, una llaga viviente
cuyos despertares le acribillaban los parpados atónitos. Algunos conocidos le buscaron ayuda
profesional, porque en ella no era cierto que el tiempo lo curara todo. Tambaleante, se dejó hacer.
Le vaciaron su dolor y finalmente, lo dejó volar regando sus cenizas una tarde de octubre allá en
aquel despeñadero donde una ya muy lejana tarde, fulgurante de juventud, liberaran al gavilán aquel
como símbolo de su amor. Era un domingo de carnaval, y se fueron hacia los Picachos envueltos en
la risa infinita del confeti y el cabello teñido de cascarones rotos, el aire era diáfano como siempre
que el amor arriba, y llegaron hasta la primera hondonada, atravesando el aire lila y la sombra parda
de las jacarandas en flor, donde nacía un salto de agua, ahí donde le nombraban la Poza del Saltito.
El ave les miró agradecida y surcó el cielo, derramando la risa del confeti por todo el barranco.
Perdiéndose en el ocaso y dejándolos absortos y extasiados en un instante perpetuo.
Cuarenta años más tarde, el confeti ya no estaba, ni él, las cenizas planearon con la forma de aquel
halconcillo sobre el ocaso, que retornaba agradecido por la libertad que ellos dos le habían devuelto
aquella lejana tarde de carnaval, y cayó sobre el abismo ahora poblado de cinco llagas. Era también
un domingo, henchido de lasitud, como son los domingos por la tarde, inequívocamente, con algo
flotando en el aire que lo colorea de alegrías fugaces.
Ofelia regreso al pueblo vacía. El calendario volaba por los días y los meses y ella seguía añorando
su dolor. Ya no lo sentía a él y abatida, pedía perdón cada mañana porque sentía su desamor. El
que ella le había causado a él, a su Manuel, dejando ir lo único que le daba vida que era su
quebranto, su fractura, su calvario. Los infinitos años juntos pasaban a diario por detrás de sus
entrañas y sus ojos ya no se humedecían, hasta que la terrible visión de aquella silueta devastada
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atravesó las puertas de aquella fonda, lenta y mermada, cruzando la plaza San Francisco, aquella
mujer de la cual nunca supo su nombre pero que en ese instante decidió llamarla Olvido.
Inicio desde entonces una persecución tenaz, deseaba robarle su dolor, sintió una profunda envidia
de ella y codició con locura el pesado fardo que Olvido cargaba, quería recuperar lo que a ella le
habían exprimido los grupos de apoyo o de duelo, recordó sus fallidos intentos de recuperarlo,
cuando se infiltraba en los velorios, para ver si así podía recobrar su tormento y llenar ese hueco,
esa cicatriz que le había dejado la pérdida del sufrimiento; desamor por donde se cuelan los vientos
fríos de la nada, huracanes que no nos estremecen, cuando el llanto se seca, mas ni siquiera yendo
a los sepelios, oyendo los lamentos filosos de la gente, que se rasgaba el rostro de agobio, se
acercaba a las plañideras mas éstas solamente ejercían un oficio, acosaba a los dolientes, fingía
haber conocido de lejos a al muerto, cuando le miraban con sospecha o simplemente se quedaba
atrás en la fila, intentando atrapar la congoja que se esparcía por todo el salón, tras los cirios, en el
olor a incienso, a cebo quemado, seguía los carrozas fúnebres hasta los panteones deseando
contagiarse, se vestía de negro para impregnarse de las vidas de los dolientes, intentando usurparle,
embargarle la pena a algún afligido, porque su vacío pesaba mucho más que el dolor que la había
mantenido viva.
Mas nunca consiguió recuperar aquello que había perdido y se maldijo a si misma por haberle
causado a Manuel tal desamor, que sería peor que el de ella porque estaría encerrado en algún
limbo, aterrado de soledad y de abandono, por eso se abalanzó sobre ese albur que el destino le
ponía enfrente, se arrojó sobre Olvido, sobre la terrible visión de algo desmembrado, que naufragaba
en la luz como una barca perdido en la niebla.
Olvido tenía algo que a ella le habían robado, el dolor, las espinas. De poco le valió todo lo que le
habían dicho, que el tiempo lo cura todo que con el paso de éste el dolor se mengua y aunque la
herida nunca sana sí se transforma en un dulce recuerdo, en nostalgia soportable, reconfortante,
pero Ofelia no quería eso, ella ansiaba su dolor punzante, la llaga que no cerrara, que le mantuviese
cerca de él, de su Manuel, quien, cuando dejó de venir a sus sueños supo que había errado el
camino, por eso saltó sobre la oportunidad que vio en Olvido.
Emprendió desde entonces una persecución voraz, y la siguió, escondiéndose furtivamente en los
dinteles de las puertas, la siguió cuando se iba a los pueblos cercanos, a las ferias, a las fiestas
patronales de rancherías y comunidades, ofreciendo su mercancía, sus pachucos, dolientes y
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quebrados como ella, la siguió en trenes y autobuses, planeando como asaltarle su pesar, aunque
tan solo por seguirla sentía Ofelia que algo iba recuperando, Manuel empezaba a perfilársele otra
vez en su sueños, en el tajante ardor de su mirada cuando algo se lo recordaba.
Pero un día, Olvido se le perdió, dejó de enconarla por los sitios que frecuentaba, por los senderos
de la costumbre, la esperó en las paradas de urbanos, alrededor del Jardín, en la central, en la
estación, nada!, se había desvanecido, intentó las paradas de los rurales, Jalpa, Los Rodríguez,
Santas Marías, San Miguel Viejo, Cruz del Palmar, Palo Colorado, Corral de Piedras, Puerto de
Sosa, de Nieto, Montecillo, la cieneguita la petaca, y las, zonas lejanas y desconocidas, rancherías
que no llegaban a los cincuenta habitantes; corrió aventuras y peligros pero no la encontró…y ya
casi había renunciado cuando de pronto un día la vio, era como si Olvido misma la hubiese buscado
a ella, para enseñarle que lucía menos encorvada, vestía ropa más deportiva, en lugar de sus
huipiles o blusas deslumbrantes de manta bordada, su tez había recuperado algo de color y ganado
peso desde aquella vez que la vio enflaquecida y sangrada, su lozanía de antaño asomaba poco a
poco a la superficie. Ofelia sintió un ligero malestar, y sintió también malestar de sentir malestar por
algo que debió provocarle alegría por alguien que se abría paso a la vida de nuevo, pero estaba
ofuscada desde hacía mucho. Presintió con turbación que Olvido estaba superando la pérdida y
quiso abordarla, quizás decirle que le regalara su dolor, pero un dolor no se regala, era absurdo,
Ofelia estaba desesperada, aceptaba lo obcecado y paradójico de su deseo y empezaba asentirse
perversa, malsana, pero no podía evitarlo. Quiso afrontarla para decirle, contarle su experiencia,
advertirle de las consecuencias de provocarle profundo desamor a su hombre, que no le hiciera lo
que ella le había causado a su Manuel con aquel dejar ir el dolor que todos recomendaban, eso
sucedía con la mayoría pero no con los seres que estaban unidos mas allá de la muerte. Nunca se
le acercó, por temor, pero también porque en cierta forma, la prefería así, como anónima. Y de ahí
en adelante cada vez que la encontró, Olvido renacía de las cenizas, ahora se arreglaba, se
enderezo por completo, parecía sólida, contundente, viva, con determinación hacia algo, hasta que
un aciaga tarde percibió en ella un destello de alegría, euforia por vivir. ¿Dónde había dejado su
dolor? ¿Por qué no se lo ofrecía a quien estaba hambriento como ella, porque lo tiraba a la basura
así sin más? Ofelia estaba rabiosa, se fijó que ya no vendía pachucos y ahora cargaba un catálogo
de productos naturistas, o de esos de cosméticos, jafra o mary kay. Finalmente, esta vez sí corrió
hacia ella, decidida, y la encontró cara a cara; horrorizada vio que traía vilé en los labios!, y carmín
en las mejillas! y la raya del ojo coquetamente marcada, corte de pelo moderno, ropa de Liverpool, y
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ya a punto de hablarle, se detuvo en seco porque Olvido le hizo señas a un hombre que a lo lejos,
parecía venir a su encuentro; llevaba un ramo de flores…era domingo…
Nunca más la volvió a buscar, contrariada e iracunda, Ofelia se fue hacia el barranco de su amor,
donde el ave la esperaba, paso ahí días enteros contemplando el horizonte lejano invocando las
cenizas que habían caído sobre las cinco llagas, cortó flores, y a punto de tirarse al vacío, se dio
cuenta de la rabia, sentía, ira, coraje, rabia, sí, pero sentía, ya no era el vacío, la nada dentro de ella,
el abismo la miro desde el fondo guiñándole el ojo para que saltara, pero ella no lo hizo, de alguna
forma supo que tirando de aquella hebra de la cólera, llegaría poco a poco a su dolor y desamarraría
el conjuro de aquel desamor que la había poseído por ese largo periodo, y él volvería atrás, de
donde nunca se debió mover.
Años después, por casualidades del destino, se topó con aquella mujer, y el que entonces ella
supuso sería su marido, dos niños jugaban en el parque Juárez y el hombre les aventaba un balón,
luego se los llevo a cómprales alguna chuchería.
¿Son sus hijos? Le pregunto al verla como orgullosa, no!, le contestó, son los nietos de mi marido,
quedó viudo cuando sus hijos eran casi bebés, y como yo nunca tuve hijos con mi primer esposo, los
he querido a todos como míos, que bien le contestó ella.” “¿le pasa algo?, veo tristeza en sus ojos”.
“No, solo que el aire me los humedece”.
Gusto en conocerla, me llamo Rosario, le dijo la mujer.
Igualmente, yo soy Olvido- le contesto sin más.